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La Huésped Inesperada

La Huésped Inesperada

更新日時: 2026-07-26 04:20:00
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説明

Noche Eterna, marginada por carecer de un Alma de Lobo. Cuando Chloe, el antiguo amor de su esposo Alaric, regresa a la mansión y él la favorece abiertamente relegando a Aurelia a la humillación, ella decide romper sus cadenas y huir a Nueva York con la ayuda de Fiona. En la Panadería Finch, acogida por la Señora Finch y el Señor Finch, Aurelia descubre por primera vez la calidez humana, el respeto y la ilusión de un futuro propio, al tiempo que da a luz en secreto a su hijo Jasper. Mientras tanto, en la manada, la verdad sobre el pasado sale a la luz: Alaric descubre el maltrato que Aurelia sufrió en su infancia a manos de Agnes y Marcus, desenmascara los engaños de Chloe y Ethan, y emprende una búsqueda llena de remordimiento, aprendiendo a respetar sus límites.


Sin embargo, la paz en la ciudad se quiebra cuando Killian, superviviente de la Progenie Caída, le revela a Aurelia que es hija de Lucien y Cassandra, y la última heredera del linaje del Lobo Blanco. Tras despertar el Poder del Lobo Blanco y dominar la creación de una Barrera, Aurelia se niega a ser un instrumento de venganza contra las Fuerzas Aliadas y las decisiones del pasado de Valerius. Ante la amenaza del Consejo de Ancianos liderado por Titus y el inminente estallido de la guerra tras la caída de la Estirpe de la Luna Creciente y la Estirpe de la Piedra Plateada, Aurelia decide regresar a la Estirpe de la Noche Eterna con Jasper no como una víctima sumisa, sino como una mujer poderosa que luchará hombro a hombro junto a Alaric para proteger a los inocentes y forjar su propio destino.


エピソード1

Cuando Aurelia regresó a casa, la noche ya había caído por completo.

Los goznes de la puerta chirriaron con el sonido de siempre. Cruzó el umbral cabizbaja; le dolían los hombros por el agotamiento tras una jornada entera de faena. Había tenido que fregar ella sola la enorme olla de hierro de la cocina, y en el orfanato los tres cachorros que no paraban de llorar habían estado más difíciles de calmar que de costumbre. Todavía en ese momento conservaba las manos pringadas de grasa que no terminaba de salir y restos de harina incrustados bajo las uñas.

Apenas dio unos pasos, se detuvo en seco.

En el aire flotaba un aroma a rosas y almizcle, extraño e intenso, como un perfume caro.

Y risas.

La risa de Alaric.

Franca y ligera.

Aurelia ya no recordaba cuándo había sido la última vez que lo escuchaba reír así. ¿Hacía seis meses? ¿O un año? Su risa solía ser breve y contenida, como si expresar cualquier emoción le resultara incómodo. Pero ahora aquel sonido llegaba desde la sala, fluido, relajado, con una vitalidad que jamás le había visto.

Se quedó parada en el pasillo mientras las palmas de las manos comenzaban a sudarle. Alguien había encendido la chimenea; la lumbre amarillenta se reflejaba en el suelo de madera y la estancia se sentía algo calurosa.

En realidad no hacía falta encender fuego en esa época del año, pero a Alaric le gustaban las llamas; siempre decía que el fuego lo relajaba.

Aurelia avanzó con lentitud hasta la entrada de la sala y se detuvo.

En el amplio salón, Alaric estaba sentado en el sofá, de perfil hacia ella. Descansaba con indolencia contra los cojines, con un brazo apoyado en el respaldo y una copa de cristal entre los dedos. El licor de tono ámbar oscilaba suavemente con sus movimientos.

Tenía una sonrisa en los labios, el rostro distendido y la mirada fija en la persona que tenía enfrente.

Era una mujer.

Estaba sentada en el sillón individual frente a Alaric, inclinada ligeramente hacia adelante, a muy poca distancia, en una postura llena de intimidad.

Sostenía una taza entre las manos y los hombros le temblaban con suavidad al reír. Su larga melena rubia, del color del trigo maduro, brillaba con un resplandor cálido bajo la luz del fuego. Sus facciones eran tan delicadas que casi parecían irreales: labios carnosos, pestañas espesas y unas finas líneas en el rabillo de los ojos que le aportaban un aire maduro y sereno.

Aurelia la reconoció.

A pesar de los años transcurridos, supo al instante de quién se trataba.

Chloe.

—¿Así que te escapaste sin más? —La voz de Chloe sonaba clara y melodiosa, cargada de gracia—. ¿Sabes que en aquel entonces Ethan iba varias veces al día a rondar la puerta de tu despacho?

—¿Ethan? —Alaric soltó un bufido y negó con la cabeza—. ¿Sigue igual?

—Más terco que tú. Al menos tú supiste volver, pero él no quiso marcharse por nada del mundo. —Chloe apoyó la taza en la mesita de centro e inclinó la cabeza para observarlo—. Alaric, has cambiado.

—¿Ah, sí?

—Has envejecido. —Chloe alargó la última palabra a propósito y soltó una risita.

Alaric también sonrió. Levantó la cabeza para dar un trago a su bebida, y la nuez de Adán se le movió con el trago.

—Tú, en cambio, estás idéntica.

—¿Y cómo iba a cambiar? Si soy...

La voz de Chloe se cortó en seco. Por encima del hombro de Alaric, vio a Aurelia de pie junto a la puerta.

En su mirada no había desprecio, sino una aparente calidez que rozaba la ternura.

—¿Aurelia? —Chloe la miró de arriba abajo y se tapó la boca mientras sonreía—. ¿Cómo te has puesto en ese estado?

Alaric giró la cabeza siguiendo la mirada de Chloe.

Sus ojos recorrieron el delantal manchado de harina de Aurelia, su cabello castaño recogido atrás con descuido, sus labios descoloridos y, finalmente, se clavaron en sus ojos.

La sonrisa de Alaric desapareció poco a poco. La soltura, la calidez y la vitalidad de hacía unos instantes se desvanecieron de su rostro como una marea al retirarse.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —le preguntó con voz severa.

Aurelia abrió la boca, pero tenía la garganta seca. Quería decir muchas cosas; había hecho bastante durante el día y había tenido varios contratiempos, como haber dejado lista la cena o que la pequeña Aileen había vuelto a llorar en el orfanato.

Alaric no le dio tiempo de contestar. Volvió a mirar a Chloe y, con tono de fastidio, dijo:

—No le hagas caso.

—No seas así —susurró Chloe—. Ella es tu...

—Sé perfectamente quién es —la interrumpió Alaric.

Aurelia apretó el borde de su delantal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Chloe se levantó y caminó hacia ella con paso ligero, haciendo resonar los tacones sobre la madera. Cuando estuvo cerca, Aurelia pudo distinguir su vestido verde oscuro, de corte impecable, y el broche de plata con cabeza de lobo prendido en el escote.

Era un emblema entregado personalmente por el antiguo Alfa, Valerius. Aurelia lo había visto en una vieja fotografía del despacho del padre de Alaric.

—Hola. —Chloe le tendió la mano con una sonrisa—. Soy Chloe. Nos conocimos hace tiempo, aunque tal vez no te acuerdes.

Se acordaba.

Aurelia se acordaba con total claridad.

Hacía cinco años, Chloe se había marchado de la Estirpe de la Noche Eterna para contraer matrimonio político con la Manada del Norte. Aquel día había sido Aurelia quien la ayudó a preparar el equipaje. Por aquel entonces, Aurelia acababa de llegar a la manada; no entendía de nada y solo sabía que aquella hermosa mujer partía hacia un lugar muy lejano.

Alaric había permanecido frente a las puertas de la manada para despedirla, con una emoción en los ojos que Aurelia solo comprendería mucho tiempo después.

—...Hola —respondió Aurelia, extendiendo la mano.

Tenía los dedos ásperos y manchados de grasa que no había tenido tiempo de lavar. Al estrechar la mano blanca y suave de Chloe, la sensación fue como frotar arpillera contra seda.

—Aurelia, ¿verdad? —La mano de Chloe se sentía tibia y seca—. Alaric suele hablarme de ti.

¿De verdad? Aurelia se lo preguntó en silencio. ¿Y qué decía de ella? ¿Que la sopa que preparaba era insípida? ¿Que lo despertaba por las mañanas al poner a hervir el té? ¿O que a veces se quedaba dormida en el sofá esperándolo, encogida como un bulto abandonado?

—Disculpa por venir a incomodar tan tarde. —Chloe soltó la mano y dio un paso atrás—. Mi vuelo se retrasó y Alaric insistió en que me quedara a pasar la noche aquí.

—No incomodas —susurró Aurelia.

A sus espaldas resonó la voz de Alaric:

—Aurelia.

Ella se volvió.

Alaric ya se había puesto de pie. Dejó la copa sobre la mesita y se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Su imponente figura se recortaba frente a la chimenea; el fuego le iluminaba la mitad del rostro, mientras que la otra quedaba sumida en sombras.

—Ve a preparar la habitación de huéspedes al final del pasillo del segundo piso —ordenó, con la vista fija en las llamas, sin mirarla—. Pon sábanas limpias y saca las cosas que haya en el armario.

A Aurelia se le encogió el corazón.

Había pasado dos semanas enteras arreglando esa habitación: llevando al depósito, una por una, las viejas pertenencias que había dejado la madre de Alaric, tendiendo mantas nuevas y colocando una maceta con un poto en el alféizar de la ventana. Era la única habitación de toda la casa orientada al sur y la que mejor luz recibía.

En secreto, había llegado a pensar que tal vez algún día Alaric le permitiría mudarse allí. Después de todo, su pequeño dormitorio orientado al norte era tan frío como un témpano de hielo en invierno.

Sin embargo, Alaric nunca lo había mencionado, y la habitación de huéspedes había quedado vacía durante más de medio año.

Al ver que no respondía, Alaric alzó la voz con impaciencia:

—¿Me estás escuchando?

—Sí —contestó ella.

Chloe miró a Alaric de reojo con un instante de vacilación, pero enseguida recuperó la sonrisa.

—No hace falta tanta molestia, puedo quedarme en un hotel.

—De ninguna manera —replicó Alaric con firmeza categórica—. Es muy tarde y sola no estarías segura.

Aurelia permaneció en el pasillo, escuchando en silencio.

Recordó cómo el mes anterior, al regresar de noche del orfanato, se había topado con dos lobos errantes borrachos. Tuvo que dar un gran rodeo para despistarlos. Al llegar a casa, Alaric estaba leyendo en el despacho. Al verla entrar, solo frunció el ceño y le reprochó:

—Llegas demasiado tarde.

En aquel momento ella se había quedado en el umbral, temblando de frío, con los labios morados y el abrigo rasgado por una rama.

—Tuve... un contratiempo en el camino —explicó ella.

—Entiendo.

No le preguntó qué había ocurrido; se limitó a decir con frialdad:

—La cena se enfrió y ya la tiré toda. Si vuelves a llegar tan tarde, no garantizo que te deje entrar en la casa.

—Entendido.

Igual que en el pasado, Aurelia volvió a pronunciar las mismas palabras:

—Entendido.

Hacía mucho que se había acostumbrado a la frialdad de Alaric y a obedecer sus órdenes sin rechistar.

Aurelia se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras. Sus pasos pesados hacían crujir los peldaños de madera. Detrás de ella llegó la voz queda de Chloe:

—Alaric, ¿no estás siendo demasiado...?

—No te metas —la cortó Alaric. Aunque había bajado la voz, cada palabra llegó con total claridad a los oídos de Aurelia—. Ya está acostumbrada.

Aurelia se aferró a la barandilla con tanta fuerza que sus uñas casi se clavaron en la madera.

Sí, estaba acostumbrada.

Una amargura sutil empezó a extenderse por su pecho.

Recordó el día en que, tres años atrás, Alaric le había pedido matrimonio.

En realidad, aquello no había tenido nada de propuesta. Su padre, Valerius, simplemente los había convocado al despacho para anunciar la unión política entre las dos manadas. Alaric se había quedado junto a la ventana, mirando hacia afuera, con un tono tan distante como si el asunto no tuviera nada que ver con él:

—Lo que diga mi padre.

Valerius frunció el ceño.

—Alaric, eres el Alfa, deberías...

—Sé que soy el Alfa.

Alaric se giró por fin y miró a Aurelia.

Todavía recordaba aquella mirada.

La observó durante un largo rato con el ceño fruncido antes de decir:

—Que así sea, entonces.

Aquella noche, Aurelia se sentó en su pequeño dormitorio orientado al norte y hundió el rostro en la almohada, pero no derramó ni una sola lágrima.

Incluso le pareció que su actitud no la sorprendía en absoluto.

Aquel matrimonio carecía de amor; no era más que un acuerdo. No debía albergar ninguna expectativa.

—¿Aurelia?

La voz dulce y atenta de Chloe subió desde la planta baja, devolviéndola a la realidad.

—¿Necesitas que te ayude? —preguntó Chloe.

—No hace falta.

Aurelia llegó al final del pasillo en el segundo piso y abrió la puerta de la habitación de huéspedes. El cuarto olía ligeramente a polvo. Abrió la ventana y la brisa fresca de la noche entró de golpe, meciendo con suavidad la planta del alféizar.

Se inclinó para estirar las sábanas, rozando el algodón nuevo con los dedos. Aquel juego de cama lo había comprado expresamente el mes anterior en el pueblo, eligiendo el gris oscuro que a Alaric le gustaba. Dobló la manta con esmero y colocó sobre la mesita de noche una pequeña bolsita de tela con pétalos secos.

Desde abajo se oían risas alegres.

Primero la de Chloe y, a continuación, la de Alaric.

Aurelia se quedó inmóvil en la habitación, aferrada a una esquina de la almohada. La luz de la chimenea subía por el hueco de la escalera y proyectaba un tenue resplandor amarillento sobre el suelo. Miró fijamente esa mancha de luz, con la mente en blanco.

No supo cuánto tiempo permaneció allí parada. Cuando volvió en sí, la funda de la almohada estaba arrugada por la presión de sus dedos.

Inhaló profundamente, alisó los pliegues con cuidado y bajó las escaleras.

En la sala, Chloe estaba inclinada sacando cosas de su maleta, mientras Alaric se encontraba detrás de ella, con una mano apoyada en el respaldo del sofá. Desde la perspectiva de Aurelia, la cercanía entre ambos era íntima, mucho más allá de lo habitual entre simples amigos.

—La habitación está lista —avisó Aurelia.

Alaric levantó la vista.

Su mirada se detuvo un instante en su rostro, pero su expresión siguió siendo distante.

—Ve a descansar —dijo—. Mañana hay que madrugar.

—¿Mañana?

—La fiesta de bienvenida para Chloe. —Alaric se giró para tomar su copa—. Empieza por la tarde; ve temprano a la cocina a ayudar.

Aurelia no se movió de su sitio. Vio que Chloe le dedicaba una sonrisa. En ese gesto parecía haber algo de disculpa, pero también un matiz distinto.

¿Triunfo?

Aurelia no logró distinguirlo. Se sentía exhausta, con el cuerpo y el alma agobiados por un cansancio tan denso que ni siquiera le permitía pensar.

—Está bien —dijo.

Dio media vuelta hacia su dormitorio. Al pasar junto a la puerta de la sala, escuchó a Alaric decir en voz baja una frase tan suave que dudó de si la había imaginado:

—Bienvenida, Chloe.

Bienvenida.

Aurelia abrió la puerta de su habitación y, sin encender la luz, tanteó en la penumbra hasta sentarse al borde de la cama. Era un colchón estrecho cuyos muelles crujieron bajo su peso. Se quitó los zapatos, se tumbó vestida y se quedó mirando la fina grieta del techo.

Recordó la primera vez que había visto aquella fotografía de Chloe, hacía cinco años.

La había encontrado por casualidad en el cajón inferior del escritorio de Alaric mientras limpiaba el despacho. En la foto, Chloe vestía un vestido blanco, sonreía con esplendor en medio de un campo de lavandas y, al dorso, había una frase escrita a pluma con la caligrafía de Alaric:

«Recordar este día por siempre».

Aurelia había vuelto a colocar la foto en su lugar, cerró el cajón y siguió limpiando la mesa.

Aquella noche tuvo un sueño. Soñó que corría por un campo de lavandas, pero sin importar cuánto corriera, jamás lograba alcanzar a la silueta vestida de blanco que iba delante de ella.

Ahora, esa figura estaba de regreso.

Presente ante sus ojos, de carne y hueso, y aún más hermosa que en la fotografía. Había vuelto envuelta en perfumes y risas, para sentarse junto a la chimenea del esposo de Aurelia y beber té en las tazas que ella misma había elegido.

Aurelia se dio la vuelta y hundió la cara en la almohada.

Las lágrimas humedecieron la tela en silencio. Se mordió los labios para no soltar ningún gemido. A través de dos paredes y del pasillo, se oían vagamente los pasos de Chloe al moverse por la habitación de huéspedes. Más lejos aún, en la sala, llegaba el leve tintineo de tazas y platos; debía de ser Alaric recogiendo.

Poco después, unos pasos se aproximaron.

Tocaron suavemente a su puerta dos veces.

—¿Aurelia? —llamó Alaric desde el otro lado.

Ella no respondió.

El pomo giró despacio, pero la puerta no llegó a abrirse. Alaric se quedó fuera un momento; Aurelia incluso lograba escuchar su respiración, pausada y regular.

—Acuérdate de levantarte temprano mañana —dijo él.

Luego, los pasos se alejaron.

Aurelia se aferró con más fuerza a la almohada, con los hombros temblorosos mientras las lágrimas le caían sin parar. Afuera, la luna brillaba con claridad; una luz pálida se filtraba por la rendija de las cortinas y dibujaba una delgada línea blanca sobre el suelo.

Contempló esa línea y recordó la noche en que llegó por primera vez a la manada.

Tenía diecisiete años y estaba de pie frente a la entrada principal, sujetando tan solo una pequeña y maltrecha maleta. Alaric se plantó ante ella, llevándole una cabeza de ventaja, y la examinó con frialdad.

—¿Tú eres Aurelia?

—...Sí.

—Pasa. —Se dio media vuelta y echó a andar con un paso tan rápido que ella tuvo que trotar para no quedarse atrás—. Tu cuarto es el que da al norte, en el segundo piso. A partir de mañana vas a ayudar a la cocina; en esta manada no mantenemos a holgazanes.

Aquellas habían sido las primeras palabras que él le dirigió.

Habían pasado cinco años.

Aurelia cerró los ojos y, en su interior, aquello que llevaba mucho tiempo muerto volvió a dolerle de forma sorda. Era como una vieja cicatriz que no molestaba en días normales, pero que punzaba hasta lo más hondo en cuanto llegaban las lluvias.

Chloe había vuelto.

Había vuelto y, con ella, Alaric por fin había sonreído.

Aurelia sabía que había perdido.

Ni siquiera sabía con quién estaba compitiendo en realidad, pero aquella contienda jamás le había dado la oportunidad de ganar.

La luz de la luna le iluminaba el rostro. El rastro de las lágrimas comenzó a secarse, tirándole de la piel. Se secó la humedad que le quedaba en el rabillo de los ojos, se puso de lado y encogió las piernas.

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