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Marcada en el hielo: La niñera por contrato del tirano del hockey

Marcada en el hielo: La niñera por contrato del tirano del hockey

更新日時: 2026-07-23 04:20:00
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説明

Mientras lucha por sobrevivir a su último semestre en la Universidad de Alderidge gracias a una precaria beca, Maya Mendoza, una joven criada en el sistema de acogida, arriesga su vida para salvar a un niño llamado Teo de ser atropellado por un todoterreno. La abuela del pequeño, Eleanor Robledo, matriarca de una influyente y acaudalada dinastía, le ofrece a Maya un lucrativo contrato como niñera interna bajo un estricto acuerdo de confidencialidad blindado con una penalización de un millón de dólares. Al mudarse a la aislada Mansión Robledo, Maya descubre que el supuesto tío del niño —Ronan Robledo, el implacable capitán de los Frost Wolves de Alderidge apodado el Rey del Hielo— es en realidad el padre biológico de Teo, atormentado por la trágica muerte de Elara Rivas.


A medida que la tensión inicial entre Ronan y Maya da paso a una profunda complicidad, una facción de compañeros corruptos del equipo, liderada por Chase Salgado, Bennett Hurtado y Griffin Portocarrero, conspira junto a la antigua y negligente niñera, Sloane Torremolinos, para destruir el futuro académico de Maya y arrebatar la custodia de Teo. Negándose a guardar silencio, Maya, Ronan y su leal amiga Tessa Isla reúnen pruebas digitales cruciales contra los conspiradores. Ronan desafiará las rígidas reglas familiares para reconocer públicamente a Teo ante la prensa y limpiar el nombre de Maya. Pero cuando la paz parece alcanzada en vísperas de Navidad, una carta anónima desvela una verdad escalofriante: la muerte de la madre de Teo no fue un accidente, sino un asesinato.


エピソード1

El frío calaba como una presencia viva, un ladrón implacable que arrebataba el aliento del pecho y entumecía los dedos. Para Maya Mendoza, además, era un recordatorio constante de su precaria economía. Un abrigo mejor, uno que no pareciera confeccionado con papel de seda hilvanado con prisas, era un lujo archivado en la carpeta mental de las «fantasías para después de graduarme», justo al lado de «dormir ocho horas seguidas» y «comer algo que no salga de una lata o del microondas».

Su realidad, mientras avanzaba con paso pesado por la acera congelada a las afueras del campus de la Universidad de Alderidge, consistía en el viento mordaz de diciembre y el peso abrumador de su último semestre. Un semestre más. Cuatro meses. Ese era el mantra que la mantenía en pie durante los turnos nocturnos en la biblioteca, frente a las miradas despectivas de los niños ricos de su clase y en medio de la soledad punzante que nunca la abandonaba.

La beca constituía su salvavidas, pero también pendía sobre su cabeza como una guillotina. Cubría la matrícula y el alojamiento, pero todo lo demás —comida, libros de texto o una caja de ibuprofeno para emergencias— salía de su propio bolsillo. Y ese bolsillo estaba en una situación crítica. La biblioteca acababa de reducirle las horas por el receso vacacional, una medida que sentía menos como una decisión administrativa y más como otro golpe certero en una larga lista de contratiempos. Aquello significaba que su ajustado presupuesto quedaba prácticamente asfixiado. La inquietud permanecía latente bajo sus pensamientos, como un zumbido estático e implacable.

Por esa razón caminaba los tres kilómetros de regreso a su dormitorio en lugar de tomar el autobús: necesitaba ahorrar cada centavo del pasaje. Cada dólar contaba. Cada decisión implicaba una fría ecuación. Vivía en la cuerda floja, en un punto donde cualquier gasto imprevisto o el más mínimo tropiezo podía derrumbar su precario equilibrio.

Apretó la correa de su gastada mochila; la fina tela apenas resguardaba la computadora portátil que llevaba dentro. Aquel equipo era una reliquia cedida en uno de sus antiguos hogares de acogida, una máquina que tardaba una eternidad en encenderse. Al igual que ella, solo intentaba resistir hasta cruzar la meta.

Las farolas proyectaban una bruma anaranjada sobre la nieve que caía, tiñendo la calle de una belleza inquietante y peligrosa. Más adelante, una mujer permanecía de pie junto a una reluciente camioneta negra, uno de esos vehículos cuyo valor superaba el costo total de los cuatro años de carrera de Maya. La silueta de la mujer resaltaba contra la luz de su teléfono; sostenía el aparato contra la oreja y soltaba una risa aguda y despreocupada que el viento dispersaba en el aire. A su lado, ignorado por completo, había un niño pequeño abrigado con una chaqueta acolchada de color rojo brillante.

Maya lo contempló todo con la distancia de quien está acostumbrada a mirar desde fuera: la opulencia indiferente, el descuido absoluto. Era una estampa cotidiana en los alrededores de aquel campus de élite. Mantuvo la vista baja, concentrada en una meta sencilla e inmediata: llegar a su habitación, cenar la sopa instantánea que la esperaba y conseguir un par de horas de sueño antes de su clase de las ocho de la mañana con la profesora Pardo, una mujer que consideraba la impuntualidad como una ofensa personal.

De pronto, un movimiento.

El niño de la chaqueta roja, tal vez cansado de que no le prestaran atención, se apartó de la camioneta. No fue una carrera desafiante, sino el impulso espontáneo de un niño atraído por una franja de nieve limpia e intacta al otro lado de la tranquila calle.

En ese mismo instante, otra camioneta, una mole plateada, dobló la esquina a gran velocidad. Quien conducía llevaba la cabeza gacha, con el rostro iluminado por el resplandor azulado de una pantalla, y avanzaba demasiado rápido para las condiciones de la pista resbaladiza.

El tiempo pareció dilatarse en una densa cámara lenta. La mente de Maya, saturada de deudas y fechas de entrega, se quedó en blanco al instante. Los años que pasó en el sistema de acogida, siempre en el papel de la hermana mayor que velaba por los más pequeños, despertaron en forma de un reflejo puro y visceral.

No hubo cálculos. No hubo tiempo para medir el peligro. Solo existían la pequeña chaqueta roja y el vehículo plateado.

—¡Oye! —gritó Maya, pero el viento ahogó su voz.

El pequeño no la escuchó. El conductor no lo vio.

La escena se convirtió en una ecuación fatal a punto de cerrarse: un niño, un coche a toda velocidad y un desenlace catastrófico.

No.

Ni siquiera fue consciente del momento en que echó a correr. Sus piernas reaccionaron solas; las suelas desgastadas patinaron sobre el asfalto helado mientras aceleraba el paso. Soltó la mochila, cuyo impacto contra el suelo resonó como un eco distante. Los dos zancadas que tardó en acortar la distancia parecieron una eternidad.

No intentó sujetarlo por el brazo; no había tiempo. Se lanzó de frente en una maniobra desesperada contra la pequeña figura. Su hombro chocó de lleno contra el costado del niño en un impacto seco. El pequeño rodó sobre el montículo de nieve junto al bordillo con un quejido de sorpresa.

Maya no tuvo la misma suerte. El impulso la arrastró y sus pies perdieron contacto con el suelo. El entorno giró en una vorágine de asfalto oscuro, nieve blanca y farolas ámbar. Cayó con violencia, recibiendo todo el golpe en el brazo derecho y la cadera. Un dolor punzante y abrasador le subió desde la muñeca hasta el hombro. El lateral de la cabeza impactó contra la superficie helada y la vista se le nubló por un segundo en un fogonazo de agonía.

El chirrido de los neumáticos fue ensordecedor: el desgarro brutal del caucho resbalando sobre el hielo. A eso le siguió el sonido estridente y furioso de una bocina.

Tendida sobre el suelo, con el frío traspasando su abrigo barato, el primer pensamiento lúcido de Maya no fue para sus heridas. Fue una súplica desesperada: «Que el niño esté bien, por favor».

Apoyándose en el codo sano, logró incorporarse en medio de un fuerte mareo. La camioneta plateada había derrapado y quedado montada sobre la acera opuesta, con los faros encendidos iluminando la calle como reflectores sobre un escenario. La puerta del conductor se abrió de golpe.

Sin embargo, la atención de Maya se concentró en la pequeña prenda roja. El niño estaba sentado en el montón de nieve, con los ojos muy abiertos y anegados en lágrimas, y mechones oscuros salpicados de blanco. La miraba fijamente. Estaba ileso. Estaba a salvo.

Una oleada de alivio tan intensa que le revolvió el estómago la invadió por completo.

—¿Pero qué demonios crees que haces?

La voz sonó aguda, histérica. La mujer de la camioneta negra —la madre o la niñera del pequeño, supuso Maya— por fin había soltado el teléfono. Corría hacia ellos mientras sus costosas botas resbalaban en el suelo.

—¡Casi lo matas! ¿Estás loca?

Ni siquiera miró hacia el otro vehículo ni al conductor que bajaba tambaleándose mientras balbuceaba disculpas. Su mirada se clavó en Maya, que aún intentaba orientarse sobre el pavimento helado.

—¡Teo! Dios mío, mi amor, ¿estás bien? —chilló la mujer al llegar junto al pequeño. Intentó tirar de él para sacudirle la nieve, pero el niño retrocedió, apartándose de sus manos.

—Yo... solo... —empezó Maya, con los dientes castañeteando por el frío y la conmoción. El brazo le dolía con violencia.

—¡Apareciste de la nada! —acusó la mujer, a quien Maya conocería más tarde como Sloane Torremolinos, alzando la voz con descaro—. ¡Lo empujaste! ¡Yo te vi! ¡Lo empujaste justo delante de un carro!

La acusación resultaba tan delirante y ajena a la realidad que Maya solo pudo quedarse mirándola. Su mente no alcanzaba a procesar semejante infamia. Acababa de salvar a ese niño —al que esa mujer había tenido totalmente desatendido— y ahora la señalaban como si hubiera querido lastimarlo. La manipulación era tan descarada que rayaba en lo absurdo.

—No, el carro... —intentó defenderse Maya, señalando débilmente con la mano sana hacia el vehículo plateado.

Pero Sloane no la escuchaba. Su escena estaba dirigida a los curiosos que empezaban a rodearlos: el otro conductor y varios transeúntes que se habían detenido a mirar.

—¡Es un peligro público! ¡Deberían arrestarla!

Teo comenzó a llorar, no con berrinches ruidosos, sino con lágrimas silenciosas e hipidos contenidos, propios de un niño asustado y confundido. Miró a Sloane y luego volvió la vista hacia Maya. Su rostro menudo se veía pálido bajo la luz de la calle.

Sloane lo tomó con fuerza del brazo para ponerlo en pie.

—Vamos, Teo. Alejémonos de esta desquiciada.

Esta vez, el pequeño resistió con todas sus fuerzas. Tiró del brazo hasta soltarse del agarre de Sloane y, acto seguido, hizo algo que dejó atónitos a todos los presentes, en especial a Maya.

Avanzó a gatas sobre la nieve, dejando atrás a Sloane, y se dirigió directo hacia ella. Temblaba y su labio inferior se estremecía, pero se movió con absoluta determinación. Rodeó el cuello de Maya con sus bracitos y hundió la cara en el hueco de su hombro, apretando su cuerpecito tembloroso contra el de ella.

Fue un abrazo nacido del instinto más puro de un niño en busca de consuelo y refugio. Se aferró a ella con una fuerza sorprendente, pegando su mejilla húmeda y fría contra su piel.

Sloane se quedó paralizada, con la boca entreabierta. El murmullo de los testigos se apagó al instante. La escena resultaba incuestionable: la criatura asustada no buscaba a su cuidadora, sino que se aferraba a la desconocida tirada en el suelo.

Por encima del dolor en el brazo y el aturdimiento de la cabeza, Maya sintió brotar un impulso protector incontenible. De manera instintiva, rodeó al pequeño con su brazo sano y lo estrechó contra su pecho.

El silencio se quebró cuando Teo alzó la cabeza apenas lo suficiente para hablar. Su voz fue un susurro trémulo, pero atravesó el aire gélido con absoluta claridad mientras miraba de frente a la mujer elegante y descompuesta que debía velar por él.

—No dejes que me lleve —le suplicó a Maya, clavando en ella sus ojos aterrorizados—. Quiero quedarme contigo.

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