Synopsis
Blanca Bermúdez, una huérfana que luchó por sus sueños, descubre que su vida es una moneda de cambio. Su novio, Maximiliano, la traiciona para venderla a criminales en una oscura red de ambición. En medio de una huida desesperada, Blanca es rescatada por Claudio Castellanos, el poderoso y enigmático presidente de un imperio comercial que oculta sus propios secretos.
Atrapada entre un pasado doloroso y un protector que parece ser tanto su salvación como su carcelero, Blanca deberá usar sus habilidades como guardaespaldas de élite para desentrañar una conspiración que involucra a las familias más ricas de la ciudad. En un mundo donde el amor es un lujo y la lealtad tiene precio, ella tendrá que decidir si confiar en el hombre que la salvó o seguir las sombras de su propia venganza.
Chapter1
—Blanca, ven, toma otra copa. Hoy realmente estoy muy feliz.
En aquel bar de lujo, Blanca Bermúdez se encontraba cercada por varios hombres. Sobre la mesa, frente a ellos, se amontonaba una hilera de botellas recién descorchadas. El tipo sentado a su lado no dejaba de insistir, pegado a ella con una falsa amabilidad que resultaba sofocante. Blanca ya sentía los efectos del alcohol, pero él seguía sosteniendo la copa, decidido a obligarla a beber una vez más.
Las luces psicodélicas le golpeaban el rostro, obligándola a entrecerrar los ojos. El estruendo de la música y el alboroto de la gente a su alrededor creaban una atmósfera pesada; a pesar del lujo, aquello no dejaba de ser un local nocturno.
Blanca jamás habría puesto un pie en un lugar así de no ser por Maximiliano Maldonado-Ríos. Él la había arrastrado hasta allí con el pretexto de haber conocido a un magnate que financiaría sus estudios en el extranjero. Le dijo que la reunión sería en el hotel y le suplicó que lo acompañara porque, según él, tenía miedo de ir solo.
Tanto Maximiliano como Blanca procedían de familias humildes del campo. Sus padres apenas habían logrado costearles la universidad, y estudiar en el extranjero era un sueño fuera de su alcance. Maximiliano llevaba mucho tiempo anhelando esa oportunidad, pero su familia no podía pagarla. Blanca, por su parte, era huérfana y no tenía a nadie en quien apoyarse. Para los dos, conseguir fondos para estudiar fuera equivalía a obtener una fortuna. Así que, cuando Maximiliano le dijo que por fin había encontrado una oportunidad y le pidió que lo acompañara a conocer al supuesto jefe, Blanca no se negó.
Sin embargo, al llegar, aquel supuesto «patrón» no había dejado de presionarla para que bebiera. Con tal de que Maximiliano consiguiera la financiación, Blanca aguantó y bebió, pero ella no estaba acostumbrada al alcohol. A la segunda copa ya estaba mareada; a la tercera, las náuseas eran insoportables.
—Lo siento, tengo que ir al baño —balbuceó Blanca con una sonrisa forzada antes de salir corriendo hacia los sanitarios para vomitar.
No sabía si era por la graduación del alcohol o si alguien le había echado algo a la bebida, pero después de vomitar se sentía aún peor. Sus piernas fallaban y la cabeza le daba vueltas; lo único que deseaba era dormir.
—Oye, esa tipa está bastante buena, ¿no? ¿Y si primero nos... y luego la matamos?
Justo cuando Blanca se disponía a salir del baño, divisó a dos hombres cuchicheando en un rincón oscuro del pasillo. Uno de ellos le propuso algo al otro con un gesto obsceno, seguido de un movimiento rápido cruzándose la mano por el cuello.
Por sus gestos, parecían hombres contratados para asesinar a alguien. Blanca no les dio importancia y se disponía a marcharse, pero las palabras del otro la dejaron petrificada.
—Ajá. ¿Cómo se llamaba? Blanca Bermúdez, ¿verdad? Sí que tiene lo suyo. ¿Ya elegiste el lugar? Lo haremos como dijiste.
¿Blanca Bermúdez? Ella retrocedió un paso, con el corazón en la garganta y la boca abierta por el asombro. ¿Se referían a ella? Al principio intentó convencerse de que era un error. Ella no tenía poder, ni dinero, ni enemigos influyentes; nadie ganaría nada matándola.
Pero su alivio se evaporó al instante cuando escuchó lo siguiente, sintiendo un frío polar recorriéndole la espina dorsal.
—El sitio está listo. Solo esperamos a que el jefe la emborrache del todo para llevárnosla —respondió el otro, añadiendo en tono casual—: Hay que ser muy desgraciado... ¿Cómo puede ese Maximiliano Maldonado-Ríos querer deshacerse de una novia tan guapa?
—¿Y a ti qué más te da? Por muy bonita que sea, ¿acaso vale más que el dinero?
Mientras ellos seguían intercambiando palabras, Blanca se quedó en shock.
¡Era Maximiliano! Si no lo hubiera oído con sus propios oídos, jamás habría creído que su propio novio quisiera acabar con ella.
—Ya debe de estar a punto. Vamos a echar un vistazo —dijo uno de los hombres, y sus pasos empezaron a resonar hacia el exterior.
Al oír que se acercaban, Blanca retrocedió a toda prisa y se ocultó en el baño de mujeres.
Se frotó las sienes y cerró los ojos, tratando de reconstruir lo sucedido. La confusión en su cabeza aumentaba; estaba segura de que habían drogado su bebida. Metió los dedos en su garganta y provocó otra arcada, forzándose a vomitar hasta que sintió que el esófago le ardía. Se enjuagó la boca con agua fría y dejó el grifo abierto para disimular cualquier ruido mientras buscaba desesperadamente una salida.
Estaba en un segundo piso. La ventana sobre el lavabo estaba a unos diez metros de altura. Saltar significaba una muerte segura o, en el mejor de los casos, quedar lisiada de por vida.
—¿Qué estás haciendo?
Una camarera entró de repente y la encontró encaramada al alféizar. Al verla allí arriba, la empleada gritó antes de que Blanca pudiera articular palabra:
—¡Alguien quiere saltar!
Blanca saltó hacia atrás, la atrapó por la espalda y le tapó la boca con fuerza.
Por fortuna, el estruendo de la música en el exterior ahogó el grito y nadie más pareció darse cuenta.
—No grites, por favor. Hay gente afuera que quiere matarme —susurró Blanca. Le inventó una historia trágica y, al ver la mirada compasiva de la chica, supo que la había convencido.
—¿Puedes ayudarme a escapar?
Desesperada, Blanca le rogó que la ayudara, pero la camarera dudó, temerosa de los hombres que aguardaban afuera.
—No tienes que hacer nada peligroso. Solo cámbiame tu uniforme por mi ropa —propuso Blanca.
La chica, que probablemente ya había presenciado escenas turbias en aquel lugar y movida por la lástima, accedió al intercambio.
Con el uniforme puesto, Blanca recuperó algo de valor. Salió del baño con paso firme, decidida a escabullirse antes de que Maximiliano o sus matones notaran su ausencia. Si lograba cruzar la puerta del bar, estaría a salvo.
—¡Oye, tú! Ven aquí y sírvele un poco más al patrón —la llamó de pronto la voz de Maximiliano.
El corazón le dio un vuelco. Si se acercaba, la reconocerían al instante.
Decidió fingir que no lo había oído. Mantuvo la cabeza baja y aceleró el paso hacia la salida, confiando en que la distancia y la penumbra la protegieran.
—Te he dicho que vengas a servir, ¿por qué huyes? —Faustino Figueroa, molesto por la supuesta desobediencia de la empleada, le lanzó un reproche.
Maximiliano, quizás preocupado por mantener las apariencias frente al magnate, no insistió, pero uno de los hombres que lo acompañaban notó algo extraño.
—Oye, ¿no te parece que esa chica se mueve de forma rara?
El hombre dejó su copa y siguió a Blanca con la mirada, entrecerrando los ojos con sospecha.
Al oír aquello, el pánico se apoderó de ella. Sabiendo que su disfraz estaba a punto de caer, Blanca Bermúdez echó a correr escaleras abajo con todas sus fuerzas.
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