El Encaje Perfecto
Synopsis
Xander, Zeke y el narrador forman una unidad inquebrantable en la cima de la gran ciudad, un triángulo de lealtad donde el lujo es solo el escenario de una dinámica oscura y excluyente. Buscan a la mujer que complete su mundo, alguien que pueda navegar entre la diplomacia de Xander y la agresividad volátil de Zeke, pero la realidad es implacable: nadie logra sobrevivir al núcleo de su vínculo. Ebony es la última en intentarlo, solo para descubrir que no es una invitada, sino una intrusa en un sistema que no admite fallos. A través de una mirada fría y desapasionada, esta historia desvela la fragilidad de quienes intentan encajar en un espacio que ya está lleno, demostrando que, a veces, la perfección de tres no deja lugar para nadie más.
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Prólogo
Lo primero que escucho es el llanto, y no puedo evitar suspirar. Siempre es el llanto. Esta vez le sigue de cerca el sonido de unos pasos que retumban por el pasillo. Con la concentración rota, dejo a un lado la revista que estaba leyendo y miro a Xander al otro lado de la habitación. Él pone los ojos en blanco, se levanta del sofá y va a interceptarla para evitar otro berrinche.
Xander siempre ha sido su favorito; el único capaz de calmarla. Sospecho que solo se ha quedado tanto tiempo por él. Sin embargo, dudo que incluso él pueda convencerla de quedarse ahora. Debo admitir que, con su experiencia y sus referencias previas, pensé que duraría más, aunque su presencia ha vuelto la atmósfera de nuestro ático cada vez más tensa.
Ebony —que en este momento avanza por el pasillo hacia los brazos de Xander, que la esperan— es nuestro último sujet privadoo de prueba. Nuestro conejillo de indias, como le gusta llamarlas a Zeke. Ha durado tres meses, más que la mayoría. Pero eso es porque Zeke se ha comportado de la mejor manera posible con ella. Hasta hoy. Le advertimos cómo podía ser él, y ella juró que podría manejarlo. Parece que no puede.
Se está pasando una de las viejas sudaderas con capucha de Xander por la cabeza cuando aparece ante nosotros, pero alcanzo a ver las marcas de mordiscos y los verdugones púrpuras en su torso. —Es un maldito animal —llora ella, secándose las lágrimas de las mejillas.
Aprieto la mandíbula, obligándome a mantener la boca cerrada y dejando que Xander se encargue de esto. Él la encontró; le corresponde a él dejarla ir. Pero Zeke no es ningún animal. Tiene problemas, claro, ¿pero quién no los tiene? Ebony incluida. Maldita sea, vaya si tiene problemas.
Xander le susurra palabras de consuelo al oído y ella se aferra a él, apretando los puños en la tela de su camiseta incluso mientras él le suelta su discurso bien practicado sobre por qué es hora de que se marche. Él tenía tantas esperanzas de que esta vez funcionara. No porque le tenga un cariño especial, sino porque juramos que ella sería la última con la que intentaríamos esto.
Sobre el papel, parecía el encaje perfecto. Pero ninguna mujer se interpondrá jamás entre Xander, Zeke y yo, aunque eso no ha impedido que todas y cada una de ellas lo hayan intentado.
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Chapter1
—¡Ey! ¡Fíjate por dónde vas, idiota! —le grito a las luces traseras del taxi que se aleja tras haberme empapado con agua helada de lluvia. Estamos en la primera semana de abril y el tiempo ya debería empezar a calentar, pero sigo esperando a que ocurra. Betty, mi bicicleta, chirría mientras pedaleo más rápido en un intento por mantener calientes mis piernas, que se están quedando entumecidas a toda velocidad. Juro que algún día de estos se va a desarmar por completo debajo de mí.
—Solo unas semanas más, nena —digo en voz baja, dándole un golpecito cariñoso al cuadro—. En cuanto consiga mi gran oportunidad, te jubilaré.
Giro a la derecha y me dirijo hacia Central Park. ¿A dónde van a jubilarse las bicicletas viejas y cansadas, de todos modos? ¿Al depósito de chatarra? Mi Betty no. Le doy otra palmadita tranquilizadora en el manubrio. —Tal vez puedas ser uno de esos adornos de jardín caros en alguna casa elegante en el campo —susurro mientras el imponente edificio WXZ aparece a la vista.
En el vestíbulo, me recibe una ráfaga de aire caliente. Oh, qué delicia. Al quitarme el casco, sacudo mis rizos y suelto un suspiro. Odio usar esta cosa, pero quiero más a mi cerebro intacto, así que...
Tras dejar a Betty en un portabicicletas cerca de la escalera, abro la cremallera de mi abrigo y estudio el lujoso interior mientras camino hacia el mostrador de recepción. He pasado por delante de este edificio miles de veces y siempre me había preguntado cómo sería por estudiotro. Es exactamente como lo imaginé. Todo cristal, acero y mármol. Frío y distante. Sospecho que muy parecido a los tres hombres que son sus dueños.
Un hombre de aspecto severo, vestido con un traje gris oscuro y una corbata azul pálido, está sentado tras el mostrador y me observa mientras me acerco. —¿Puedo ayudarla?
Busco el sobre acolchado y grueso en mi mochila. —Tengo una entrega para el señor Archer. Requiere su firma.
—Yo se lo puedo llevar —dice alguien, acercándose por detrás de mí.
Pongo los ojos en blanco. Si me dieran un dólar por cada vez que escucho eso. ¿Qué parte de «su firma» es la que la gente no entiende? Me doy la vuelta. —Necesita su... —¡Madre santa de las desgracias! ¿Acaso este tipo acaba de salir de una sesión de fotos para un perfume de diseñador? Me quedo boquiabierta, con el resto de la frase atrapada en la boca mientras intento no babear.
Él enarca una ceja, sin duda acostumbrado a provocar este tipo de reacción en las mujeres. —¿Necesita?
—S-su... —Trago saliva para reprimir el suspiro soñador que quiere escaparse de mis labios. Enderezo los hombros, levanto la barbilla y lo miro a los ojos, lo cual tiene que ser más seguro que quedarme mirando esa mandíbula esculpida—. Firma.
Una comisura de su boca se curva hacia arriba, y maldita sea si eso no lo hace parecer aún más guapo. —Puedo firmar en su nombre. —Extiende la mano y yo aprieto el agarre sobre el sobre blanco. Inclino la cabeza, estudiando sus rasgos con más detalle ahora que me he acostumbrado un poco a su presencia; tanto como cualquier mujer heterosexual de sangre caliente podría acostumbrarse, al menos—. ¿Es usted el señor Archer?
Esa media sonrisa se convierte en una mueca de suficiencia total, y mis rodillas casi flaquean. ¿Cómo hace este hombre para ir por la vida con ese aspecto? ¿Acaso a las mujeres se les caen las bragas al suelo cuando pasa junto a ellas en la calle? —No. Pero confíe en mí cuando le digo que a él no le importará que yo firme sus papeles. —Se acerca un poco más hasta invadir mi espacio personal; no tanto como para que resulte obvio, pero lo justo para que yo lo sienta. En cada maldita parte de mi cuerpo. Además, huele bien. ¿Qué es eso? ¿Colonia? O tal vez simplemente huele tan bien como se ve de forma natural porque los astros estaban perfectamente alineados el día que nació.
—¿Y bien? —pregunta, recordándome que espera mi respuesta.
Quiero aclararme la garganta para estar segura de que mi voz no saldrá como un chillido, pero eso le daría pistas sobre el efecto que tiene en mí. Ni muerta dejaré que este desconocido arrogante y guapo piense que me tiene alterada. —Requiere la firma del señor Archer —respondo, con la voz sorprenestudiotemente tranquila y firme a pesar de que me tiemblan las rodillas.
Él suelta una risa suave.
—¿Puede decirme dónde lo encuentro?
Se pasa una mano por la mandíbula, con los ojos entrecerrados escrutando mi rostro como si estuviera evaluando si soy lo bastante digna para conocer al gran West Archer. Como si yo quisiera conocer a ese imbécil desalmado por elección propia. Preferiría entregarle su paquete estudiotro de una bolsa de excrementos de perro en llamas antes que dárselo en mano, pero este es mi trabajo y es el único que tengo, por ahora. Así que, ¿cuál es el problema de este tipo?
Tras los segundos más largos de mi vida, el Guaperas finalmente habla. —Claro, yo mismo me dirijo a su oficina. Le mostraré el camino. —Inclina la cabeza hacia los ascensores, luego se da la vuelta y se aleja. Con una mirada rápida al tipo de la recepción, que asiente con aprobación, me pongo a caminar a la par del Guaperas.
Entramos en el ascensor unos momentos después y él se apoya contra la pared del fondo, con las manos extendidas a ambos lados, sujet privadoando el pasamanos de cromo pulido. El ascensor es más grande que la cocina en la que desayuné esta mañana, pero aun así él se las arregla para dominar todo el espacio. Me quedo en la esquina, lo más lejos posible de él, e intento ignorar la forma en que me observa, con sus ojos azules brillando con diversión.
Un rubor me sube por las mejillas al ser dolorosamente consciente de mi apariencia. La pernera izquierda de mis vaqueros y el bajo de mi abrigo grueso están empapados. He pedaleado cuarenta y cinco kilómetros hoy y esta es mi última parada, así que sin duda mi pelo está en su punto máximo de locura. En marcado contraste, él está arreglado a la perfección. Afeitado con cuidado. Cabello rubio arena, peinado hasta el último milímetro. Su camisa blanca está impecable y sin una sola arruga. Lleva un traje confeccionado a medida y los mejores zapatos de cuero. Puede que yo no tenga ni un centavo ahora mismo, pero tengo mucha experiencia con las cosas buenas de la vida y el conocimiento suficiente sobre hombres como este para saber que posee el tipo de riqueza que lo hace intocable. También hace que mujeres como yo sean fácilmente prescindibles.
Siento que la piel me arde bajo su mirada. —Para ser un lugar tan elegante, uno pensaría que tendrían mejor seguridad —digo, pues la necesidad de recuperar el control de la situación es demasiado fuerte como para ignorarla.
Él frunce el ceño ligeramente. —¿Cómo?
Me encojo de hombros con naturalidad. —Quiero decir que yo podría ser cualquiera. Podría tener todo tipo de cosas desagradables estudiotro de este sobre. —Lo levanto para enfatizar mi punto.
Él se despega de la pared y, de un solo paso, se planta justo delante de mí. —¿Eres «cualquiera», Lily? —Mi nombre sale de su lengua como una gota de lluvia de una hoja.
—¿C-cómo sabe mi n-nombre?
Baja la vista hacia mi pecho, que sube y baja con el esfuerzo de respirar. —Está en tu placa de iestudiotificación.
Sigo su mirada y un intenso alivio me recorre. Por supuesto que sí.
—¿Y tienes alguna «cosa desagradable» en ese sobre tuyo? —Su voz adquiere un tono completamente diferente, uno que me hace arrepentirme de haber dicho eso. Toda su actitud ha cambiado.
Dios mío, no puedo respirar. Si el Guaperas simpático era atractivo, el Guaperas gruñón con un toque de peligro es fuego puro. Sacudo la cabeza, haciendo que mis rizos reboten sobre mis hombros. —Solo papeles.
Me dedica una sonrisa satisfecha y retrocede, con los ojos clavados en los míos mientras recupera su posición contra el pasamanos.
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Zeke me agarra de la cadera con la mano que le queda libre y le lanza el lubricante a West. —Sí, es
—Sí. Se acabó la espera. —Zeke se sienta en el sofá, justo detrás de Lily y de mí. Lily arruga el e
──────────────────────────────────────────────────────────── —¡Samson, no! —grito mientras el perro
──────────────────────────────────────────────────────────── Nochebuena Los dedos de Zeke se cierr







