简介
En su época de instituto en Linaris, Irene Torrelaguna vio cómo su vínculo con Mateo Delgado, su vecino y compañero de pupitre, se quebraba irremediablemente tras la intromisión de la calculadora Claudia Zubizarreta. Manipulado por las artimañas de Claudia, Mateo protagonizó un altercado con Gabriel Morales que derivó en una tragedia insalvable: su expulsión escolar y la muerte accidental del padre de Irene, Manuel Torrelaguna, al intentar socorrerlo. Aquel fatídico suceso distanció a ambas familias y forzó la partida de Mateo al extranjero, sepultando los sentimientos nunca confesados entre los dos.
Siete años después, Irene trabaja en el sector de la comunicación digital en Astralis Media, mientras que Mateo regresa como director general de Tecnología Chiyun, decidido a protegerla y obtener su perdón. Sin embargo, la reaparición de Claudia en el ámbito profesional y la hostilidad latente del pasado desatan nuevas tensiones. Cuando Silvia Aguirrezabala saca a la luz las pruebas irref
章節1
A principios de septiembre, el bochorno del verano aún no daba tregua en Linaris; incluso de noche, el calor resultaba sofocante.
Irene Torrelaguna regresaba a casa en bicicleta tras la sesión de estudio nocturno. Desde lejos, frente a la puerta este del complejo residencial, distinguió una silueta alta y erguida apoyada contra el poste de una farola, con aire aburrido, como si esperara a alguien.
Irene no pensaba prestarle atención y siguió pedaleando derecho hacia la entrada. Sin embargo, la figura se abalanzó de pronto y se interpuso en su camino.
Irene frenó en seco y, en cuanto la bicicleta se detuvo por completo, lo fulminó con la mirada y frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
Mateo Delgado sonrió con esa picardía tan suya. En sus ojos almendrados brillaba una luz juguetona y algo zalamera:
—¿Apenas vas llegando? Seguro te dio calor con la bicicleta. Anda, yo invito una paleta de hielo.
Sin esperar a que aceptara, sujetó el manubrio de la bici y empezó a tirar de ella hacia el exterior del complejo.
—¡Oye! ¿Qué haces? ¡No quiero ir! —protestó Irene, sin conseguir nada.
Mateo no la llevó muy lejos; solo rodeó desde la puerta este hasta el minisúper que quedaba frente a la puerta sur. El complejo donde vivían tenía dos entradas: la este era algo apartada y con poco tránsito, mientras que la sur funcionaba como la principal, rodeada de comercios que por las noches se llenaban de puestos de comida callejera y mucho bullicio.
El edificio donde vivía Irene quedaba más o menos a la misma distancia de ambas puertas, de modo que le daba igual entrar por cualquiera. No esperaba tener la mala suerte de que Mateo la interceptara tan a tiro hecho.
Ambos se sentaron en la banca afuera del minisúper y Mateo le tendió una paleta de hielo tradicional. Como Irene venía bañada en sudor por el trayecto en bici y no le costaba nada, no se hizo del rogar; la tomó sin remilgos, rompió la envoltura y le dio una mordida.
El frío repentino le provocó una mueca y, con el trozo de hielo aún en la boca, le preguntó con voz trabada:
—¿Qué quieres?
Amabilidad sin motivo siempre esconde gato encerrado.
—Bueno, después de todo tenemos algo de amistad, ¿no? —soltó Mateo con una sonrisa servil.
—¿Cuál amistad? —Irene lo miró extrañada, preguntándose a qué venía eso y por qué de repente intentaba ponerse tan compinche.
—Desde la secundaria hasta el primer año de preparatoria estuvimos en el mismo salón. ¡Hasta nos tocó ser compañeros de banca! ¿Cómo no va a ser amistad?
—Ah, ¿te refieres a la amistad de haber compartido banca durante un solo mes? —replicó Irene con frialdad.
—¿Y qué tiene de malo un mes? —reclamó Mateo, visiblemente inconforme con el desdén que ella le mostraba a su compañerismo—. Un mes deja muchos recuerdos.
—Sí, claro —asintió Irene antes de darle otra mordida a la paleta, haciendo memoria—. En ese mes tiraste mi pluma favorita; en la clase de literatura insistías en mostrarme el cómic que acababas de comprar y por tu culpa nos castigaron a los dos de pie; en el examen de vocabulario de inglés me copiaste y el profesor nos atrapó con las manos en la masa; y un día, jugando con el de adelante, tiraste mi termo recién servido y me empapaste de agua caliente... Vaya que hay recuerdos.
Mateo se sintió algo avergonzado e intentó defenderse:
—¡Pero cuando no le entendías a un problema de matemáticas, te enseñaba!
—¡Muchas gracias, de verdad! Quisiste enseñarme en pleno examen de matemáticas y casi nos ponen un cero por trampa. —Al recordar aquello, Irene apretó los dientes de pura rabia. ¡En esa época a Mateo le fallaba algo en la cabeza!
—¿De verdad no hay ningún recuerdo bueno? —preguntó él, perdiendo seguridad.
—Sí hay: cuando el tutor te cambió de lugar, empacaste tus cosas rapidísimo y sin quejarte. ¡Eso estuvo genial! —Irene siguió echándole sal a la herida.
Mateo se desinfló; vio que apelar a los viejos tiempos de compañeros de grupo no iba a funcionar.
—Bueno, pero nuestras familias viven en el mismo complejo, se conocen, tu papá y el mío son grandes amigos... ¡Eso cuenta como una buena relación, sin duda!
En eso tenía razón: era una relación, pero entre los adultos.
El papá de Irene y el de Mateo eran amigos desde hacía muchos años. Durante la secundaria, la familia de Mateo también se mudó a ese complejo y, por pura coincidencia, ambos terminaron en el mismo salón, lo que hizo que las dos familias comenzaran a frecuentarse cada vez más y estrecharan lazos.
El papá de Mateo le encargaba a menudo que cuidara de Irene en la escuela, que no la molestara ni dejara que otros se pasaran de listos con ella. Claro que él cumplía esa tarea de forma mediocre.
Para Irene, lo de ellos no pasaba de ser un trato extendido por el vínculo entre sus padres. De ahí a considerarse amigos de la infancia había un abismo.
Irene no pudo evitar preguntarse qué buscaba Mateo al pasar toda la noche dándole vueltas al asunto para ganarse su simpatía.
—Dilo ya. ¿Qué es lo que quieres? —dijo ella, perdiendo la paciencia.
Al ver que a Irene se le agotaba la paciencia después de tanto rodeo, Mateo por fin fue al grano:
—Oye, de Claudia Zubizarreta, la de tu salón... ¿qué tan bien te llevas con ella? Consígueme su contacto, ¿sí?
¡Así que ahí estaba el truco!
Tras la redistribución de grupos en segundo de preparatoria, a Mateo y a ella los asignaron a salones distintos. Claudia terminó en el mismo grupo que Irene. Era una chica linda y de aspecto inocente, justo el prototipo de primer amor para muchos muchachos; tan solo en su salón, varios andaban siempre detrás de ella.
Antes del cambio de grupo, Mateo ya la había visto, pero no parecía interesado en ella. Sin embargo, al entrar a segundo, quién sabe qué bicho le picó que de pronto le dio por enamorarse; admitió abiertamente ante sus amigos que le gustaba Claudia y que pensaba conquistarla.
No era nada discreto al respecto: cada vez que Claudia pasaba frente a su salón, sus compañeros empezaban a hacerle burla y a empujarlo. En una ocasión, Irene lo vio salir empujado por otros chicos para saludarla; aquella vez sonrió con una timidez inusual y hasta las puntas de las orejas se le pusieron rojas.
Mateo era un chico atractivo, brillante, con buenas calificaciones, algo presumido y a veces un tanto insoportable, pero siempre había sido muy codiciado entre las chicas.
Con las que lo buscaban solía mostrarse distante y frío, con esa actitud altanera de no prestarles atención. Sin embargo, en aquel momento frente a Claudia, se trababa al hablar, sus orejas encendidas delataban los nervios y en sus ojos se reflejaba una fascinación absoluta.
Era la primera vez que ella lo veía así: tímido, nervioso y con un entusiasmo imposible de ocultar.
—¿Y entonces? ¡Hazme el paro! —Al ver que Irene no decía nada, Mateo le dio un leve empujón con el codo.
Irene mordió el último trozo de la paleta y lo dejó derretirse despacio en la boca. A esas alturas ya no sentía el frío tan punzante, ni tampoco tanto calor.
—Apenas la conozco —soltó Irene tras una pausa, cuando el hielo terminó de deshacerse.
—Pero están en el mismo salón, es más fácil que hables con ella. Consíguemelo, por favor —insistió Mateo, sin rendirse y poniéndose en plan de ruego.
—La has interceptado tantas veces frente a tu salón, ¿y no fuiste capaz de pedírselo tú?
—Había demasiada gente mirando. Si me decía que no, ¡qué vergüenza! —Mateo se rascó la nuca, mostrando por fin algo de pudor.
—Si tantas ganas tienes de conquistarla, ¡no deberías tener miedo de pasar vergüenzas! —Irene se puso de pie, arrojó el palito de la paleta al bote de basura y tomó su bicicleta dispuesta a marcharse—. Si quieres meterte en noviazgos a esta edad, es tu problema; no me metas a mí en tus asuntos.
最新章節
El golpe fue repentino. Aunque no llevaba una fuerza descomunal, el chasquido resonó con una niti
Comenzaba a clarear. En el complejo residencial, los primeros en ponerse en pie solían ser los ancia
Mateo conducía sin un rumbo fijo por las calles de la ciudad. Llevaba la cabeza hecha un torbellino
—¡Mateo, Irene desapareció! La voz de Sofía Rivas retumbó tan fuerte que César Carranza la escuchó







