Renacida en los Setenta: La Favorita del Gran Científico
简介
Tras sufrir un fatal accidente aéreo, la cirujana moderna Nieves Salcedo transmigra a una novela de época ambientada en los años setenta, convertida en la desafortunada esposa de Alejandro Castro. Despojada de su empleo y forzada a marchar al campo por su egoísta padre Julián Salcedo y su codiciosa tía Rosa Romero, Nieves decide no someterse más: castiga con firmeza a sus mezquinos parientes, recupera la dote familiar y activa el ancestral Sistema Espacial Diez, dotado de un Manantial Espiritual y suministros médicos avanzados.
Al ser enviada a la Brigada Victoria en el Pueblo Dafeng de la Provincia de Heilong, se reúne con su madre Victoria Palacios y su abuelo, el Viejo Palacios, mientras forja un profundo lazo de amor y complicidad con Alejandro Castro, un brillante científico volcado en el desarrollo de armamento estratégico para la nación. Entre rescates médicos prodigiosos, el regreso triunfal a Ciudad Capital, el desmantelamiento de las intrigas de la espía Patricia Portocarrero y la restitución familiar de su leal discípula Irene Juárez, Nieves edifica un próspero imperio empresarial y alcanza la cumbre del éxito junto a su esposo.
章节1
¡Dolía!
¡Dolía una barbaridad!
Con el rostro pálido y el ceño fruncido por una punzada atroz en la cabeza, Nieves Salcedo abrió los ojos.
La vista se le aclaró poco a poco. El entorno desconocido despertó un torrente de recuerdos ajenos que desfilaron a toda prisa por su mente.
Al verla despertar, la mujer que estaba a su lado comenzó a hablar con voz quejumbrosa.
—Nieves, tú tienes mejor salud que Paloma. Llevas años acostumbrada a los trabajos pesados, así que seguro te adaptas sin problema al campo. En cambio, Paloma siempre ha sido delicada; si la mandan allá, ¡no va a soportar semejante sufrimiento!
»Eres muy capaz y lista; cuando vuelvas a la ciudad, te resultará facilísimo presentarte a otro examen y conseguir una plaza fija.
»Nieves, tu tía te lo suplica: ¡cédele el puesto a Paloma! Hazlo al menos por la memoria de tu difunto tío.
Nieves contempló sin inmutarse a la mujer que fingía llorar frente a ella, incapaz de contener las ganas de poner los ojos en blanco.
Ella no era la dueña original de aquel cuerpo. En el siglo XXI, era una prestigiosa cirujana que viajaba en avión para asistir a un congreso académico internacional.
El vuelo había sufrido un accidente y, al despertar, se encontraba dentro de la novela de época que había leído: Amor en los Setenta: Casada con un Gran Científico.
Se había convertido nada menos que en la primera esposa de Alejandro Castro, el protagonista masculino; un personaje secundario de corta vida y trágico destino que compartía su mismo nombre.
Los padres de la Nieves original se habían divorciado cinco años atrás.
Desde entonces, la joven vivía con su padre, Julián Salcedo.
Julián era jefe de taller en una fábrica de maquinaria, con asignación de raciones asegurada y un sueldo envidiable.
En teoría, padre e hija deberían haber llevado una vida desahogada.
Sin embargo, tras la separación, el hombre comenzó a entregar más de la mitad de su salario a su cuñada viuda, la tía política de la muchacha.
¡Con la bonita excusa de cuidar de una madre soltera y sus huérfanos!
Aquella mujer tenía una hija tres meses menor que Nieves y un niño de siete años.
Al vivir bajo el mismo techo, la dueña original del cuerpo padeció el constante acoso y la marginación de esa familia.
Todas las tareas sucias y pesadas recaían sobre ella.
En contraste, su prima Paloma Salcedo no movía un solo dedo y se dedicaba a darle órdenes a diario.
La trataban como a la criada de la casa.
Aunque Nieves intentó quejarse con su padre en varias ocasiones, la tía siempre se las ingeniaba para engañarlo, lo que solo traía represalias más duras para la joven.
Ante la continua indiferencia de Julián, la muchacha terminó por perder toda esperanza en él.
En marzo de 1975, la fábrica de armamento, que rara vez contrataba personal externo, convocó a exámenes de ingreso. Tras superar una rigurosa investigación de antecedentes políticos, la Nieves original logró inscribirse.
Veía en ese empleo su única vía de escape de aquel hogar asfixiante.
El día de los resultados, revisó la lista de admitidos de arriba abajo sin hallar su nombre.
En el primer lugar figuraba el de Paloma Salcedo.
Paloma había obtenido la plaza fija como empleada administrativa en la fábrica de armamento.
Al ver aquello, Nieves sintió un golpe devastador que casi la hace desmayarse de la rabia.
Sabía perfectamente que el examen exigía conocimientos técnicos.
Los estudios técnicos de Paloma no tenían relación alguna con esa industria.
Además, en la escuela siempre había ocupado el último lugar de la clase y ni siquiera había abierto un libro antes de la prueba.
Lejos de aspirar a un puesto administrativo en una fábrica militar, ni siquiera habría calificado para un puesto de oficina en un taller común.
Solo había una explicación: la plaza del primer lugar le pertenecía a ella.
Paloma le había usurpado el puesto.
Furiosa, regresó a casa dispuesta a encarar a su prima, pero apenas cruzó la puerta, se presentaron los funcionarios del comité barrial para notificarle que debía prepararse para partir al campo.
Fue entonces cuando descubrió que su tía la había inscrito en secreto para ser reubicada en las zonas rurales.
¡La que debía marchar al campo era Paloma!
Ver su empleo arrebatado y ser obligada a ocupar el lugar de su prima fue un doble golpe demasiado duro para la joven, que cayó desplomada al suelo.
Temiendo que el asunto saliera a la luz y perjudicara el ingreso de su hija a la fábrica, Rosa Romero recurrió a sus habituales lágrimas de cocodrilo para manipularla.
Al fin y al cabo, ¿qué importaba quitarle el trabajo a una muchacha de antecedentes familiares desfavorables, sin el aprecio de su padre y de carácter sumiso?
¿Qué escándalo iba a poder armar?
Rosa se pasó la manga por el rabillo del ojo para secar unas lágrimas inexistentes, ocultando la malicia de su mirada.
En la pequeña y angosta habitación solo resonaban sus lamentos fingidos.
Mientras lloriqueaba, observaba de reojo la expresión de Nieves.
Al notar que la joven permanecía sentada sin reaccionar, comenzó a impacientarse.
En cinco años de convivencia, Rosa conocía al milímetro el temperamento dócil de su sobrina.
Bastaba con que frunciera el ceño para que Nieves se aterrara y no supiera qué hacer.
¡Si le ordenaba ir al este, jamás se atrevía a mirar al oeste!
Pero en ese momento, tras gastar tanta saliva, Nieves se limitaba a mirarla como quien contempla una función de teatro, completamente imperturbable.
Rosa perdió la paciencia. Ya que las súplicas no servían, tendría que imponerse por la fuerza.
Recuperó de golpe su habitual semblante frío.
—Nieves, lo de tu partida al campo ya es un hecho, y Paloma entrará muy pronto a trabajar en la fábrica. Deja de darle vueltas al asunto.
Nieves curvó los labios con desdén.
Ya no podía seguir actuando; por fin mostraba las cartas.
Por desgracia para ellas, no era la dueña original y no pensaba agachar la cabeza.
—¿Y si me niego a ir?
Ante esa respuesta, el rostro de Rosa se descompuso. No esperaba semejante desafío.
Antes de que la madre pudiera hablar, Paloma, que llevaba un rato furiosa a un lado, intervino a gritos:
—¡Nieves Salcedo! Soy tu prima hermana, ¿qué tiene de malo que me cedas tu puesto? Presumes tanto de inteligente, ¿no? ¡Pues cuando vuelvas del campo te presentas a otro examen y listo!
»Somos familia, ¿hace falta ser tan tacaña? ¡Los beneficios se quedan en casa!
»Mi mamá te lo ha pedido por las buenas. ¿Acaso pretendes que nos arrodillemos ante ti para que estés contenta? ¿Es que no le tienes ningún respeto a una mayor de la familia?
¿Tacaña ella? A Nieves le daban ganas de preguntarles a ese par de aprovechadas de dónde sacaban el descaro para soltar semejantes barbaridades.
Con una mirada cargada de desprecio y un tono helado, sentenció:
—¿Quién se cree que es para considerarse mi mayor? No tengo parientes tan desvergonzados.
Madre e hija quedaron atónitas. Aquella sobrina que siempre había sido un saco de boxeo callado y sumiso acababa de soltar una insolencia impensable.
La cara de Rosa se oscureció como el fondo de una olla quemada.
Criada entre algodones por su madre, Paloma tenía un temperamento consentido y agresivo; durante cinco años había disfrutado pisoteando a Nieves.
Jamás había soportado una afrenta semejante.
—¡Inútil de porquería, parece que tienes ganas de que te acomode las ideas! ¿Cómo te atreves a hablarle así a mi mamá?
Furiosa, Paloma se abalanzó sobre ella, la tomó del cuello de la ropa y levantó la mano para descargarle una bofetada.
¡Plas!
Fue Paloma quien recibió un bofetón de vuelta.
El golpe resonó seco y potente en la reducida habitación.
La mejilla cuadrada de Paloma se inflamó al instante.
Nieves sacudió la muñeca para relajar la mano y sintió cómo la fuerza regresaba a su cuerpo.
La dueña anterior había trabajado muy duro en esa casa; aunque estaba desnutrida, no le faltaba resistencia muscular.
Aturdida por el dolor, Paloma se quedó inmóvil, cubriéndose la cara con la mano mientras la miraba con los ojos desorbitados.
—Tú... ¿te atreviste a pegarme?
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Capítulo 2 Te romperé la mano
Nieves Salcedo frunció el ceño con una frialdad demoledora, irradiando una presencia imponente.
—¿Y qué si te pegué? ¡Vuelve a levantarme la mano y te la disloco!
En sus ojos ardía una ferocidad implacable, semejante a la de una loba solitaria: parecía aislada, pero estaba lista para lanzarse a la yugular y asestar una mordida mortal.
Paloma Salcedo se quedó petrificada de puro espanto. Sin atreverse a volver a atacarla, solo atinó a soltar una amenaza entre dientes:
—¡Nieves Salcedo, ya vas a ver!
En cuanto su tío regresara a casa, le exigiría que castigara sin piedad a esa desgraciada.
Al ver a su hija golpeada, el rostro de Rosa Romero se ensombreció aún más. Sin embargo, comprendió de inmediato que no era momento de enzarzarse en una pelea con Nieves, pues cualquier arrebato echaría a perder sus planes.
De pronto, unos pasos firmes resonaron afuera. Los ojos astutos de Rosa se iluminaron en el acto y urdió una trampa en un segundo.
—Nieves, entiendo que estés disgustada, pero no te desquites con Paloma. El dolor de un hijo desgarra el corazón de su madre... ¡Pégame a mí si quieres!
Rosa adoptó una expresión de sufrimiento infinito, como si estuviera destrozada por dentro. Al mismo tiempo, Paloma se cubrió la mejilla izquierda hinchada y comenzó a sollozar con dramatismo.
Julián Salcedo, que acababa de cruzar el umbral, vio la escena y frunció el ceño con disgusto.
—¿Qué te pasa, Nieves? ¿Ahora te crees con derecho a maltratar a tu prima?
Nieves soltó una risa seca y desdeñosa.
—¿Con qué ojo viste que la maltraté?
Aunque aquel hombre era el padre biológico de este cuerpo, a los ojos de Nieves no era más que un cobarde arribista, mezquino, calculador e incapaz de asumir la menor responsabilidad.
Cinco años atrás, en cuanto la familia materna de la dueña original cayó en desgracia, Julián se apresuró a cortar lazos y se divorció de inmediato de su madre. Incluso consideró abandonarla a su suerte en aquel momento, viéndola como un estorbo. Solo aceptó quedarse con su hija porque su exesposa le entregó una suma considerable de dinero. Sin embargo, a pesar de haber permanecido bajo su techo, la joven había vivido durante esos cinco años caminando sobre hielo quebradizo, soportando las humillaciones de Rosa y sus hijos ante la mirada indiferente de Julián, quien jamás levantó la voz para defenderla. Si no hubiera sido por su complicidad silenciosa, ¿cómo se habrían atrevido a pisotearla de ese modo?
Al percatarse de la ira de Julián, Rosa se interpuso con premura, anegada en lágrimas y con la voz quebrada.
—¡Cuñado, no la culpes! La culpa es de la mala suerte de mi pobre Paloma... Si su difunto padre estuviera vivo, ¡jamás permitiría que la mandaran al campo!
Al ver a su cuñada bañada en llanto, Julián sintió una punzada de compasión y se apresuró a consolarla:
—Tranquila, cuñada. Ya arreglé el puesto de trabajo de Paloma. Ella no se irá al campo.
Al oír aquellas palabras, Rosa respiró aliviada. Sabía perfectamente que Julián siempre estaría de su lado. Nieves Salcedo, mocosa insolente, ¿con qué pretendes ganarme la partida?
Nieves contempló aquel cuadro de aparente afecto familiar con profunda ironía.
Julián le lanzó una mirada gélida y, con un tono desprovisto de cualquier atisbo de calidez, sentenció su destino:
—No tienes trabajo, así que marcharte al campo es la mejor opción para ti.
Sin discusión, sin explicaciones; una orden tajante y unilateral.
A esas alturas, la situación era más que evidente para Nieves. Con razón Paloma había obtenido su vacante laboral con tanta facilidad: ¡todo había sido gracias al dinero y a las influencias que Julián movió a sus espaldas!
Sintiendo una profunda indignación por la injusticia sufrida por la anterior dueña de este cuerpo, Nieves lo encaró con voz gélida:
—Julián Salcedo, ¿quién de las dos es tu verdadera hija? Durante cinco años no te importé en lo más mínimo, ¡y ahora tienes el descaro de arrebatarme el puesto que conseguí con tanto esfuerzo!
—¿Tanto miedo tienes de que Paloma sufra en el campo? ¿Acaso yo sí merezco ir a pudrirme allá?
Julián se quedó mudo ante aquel reclamo fulminante.
Temiendo que la determinación del hombre flaqueara, Rosa intervino apresuradamente:
—Nieves, todo esto fue idea mía, tu padre no tiene nada que ver. Fui yo quien le rogó que...
Sin paciencia para tolerar más farsas, Nieves la cortó en seco:
—Cállate, Rosa Romero. Ahórrate el teatro, que tus trucos baratos conmigo no funcionan.
El rostro de Rosa enrojeció de vergüenza antes de palidecer de furia, y miró a Nieves con un veneno apenas disimulado.
Cualquier vestigio de culpa que hubiese asomado en el pecho de Julián se evaporó de golpe, dando paso a la impaciencia.
—¡Nieves Salcedo, lo de irte al campo ya está decidido! ¡Irás quieras o no!
Nieves sonrió con desdén en su interior. Sabía de sobra que de un árbol torcido no saldría nada bueno; esperar un rasgo de decencia de aquel miserable era perder el tiempo, sencillamente porque carecía de corazón.
Siendo así, ya no tenía motivos para contenerse.
—¡Está bien! ¿Quieren que le ceda mi puesto a Paloma y me vaya al campo en su lugar? Iré.
Al oírla, Rosa y Paloma intercambiaron una mirada de triunfo complacido. Por mucho que pataleara, Nieves no tenía más remedio que agachar la cabeza y marcharse.
—Pero exijo mil ochocientos yuanes.
Las palabras de Nieves cayeron como un jarro de agua fría, sumiendo el patio en un silencio sepulcral.
—Nieves Salcedo, ¿acaso te volviste loca? ¡¿Mil ochocientos yuanes?! ¿Por qué no sales a asaltar un banco? —gritó Paloma con la mejilla hinchada y los ojos desorbitados de rabia.
Nieves soltó una carcajada sarcástica.
—¿Te parece mucho? Si quieres te desgloso las cuentas: mil yuanes corresponden a la cesión de mi puesto de trabajo. No hace falta que les recuerde lo difícil que es entrar en una fábrica militar, ¿verdad? Si vendiera esa plaza administrativa a cualquiera, ¡me pagarían mil quinientos sin pestañear!
Rosa frunció el ceño. Aunque las palabras le quemaban el orgullo, sabía que no mentía.
—¿Y los otros ochocientos? —preguntó la mujer.
Nieves miró fijamente a su progenitor, con una mueca burlona en los labios.
—Los ochocientos restantes son el dinero que mi madre me dejó cuando fue desterrada hace cinco años. Solo reclamo lo que por derecho me pertenece.
En aquel entonces, su madre, Victoria Palacios, le había entregado mil seiscientos yuanes a Julián, vaciando casi por completo los ahorros de los abuelos. De esa suma, ochocientos yuanes estaban destinados a la manutención de Nieves y la otra mitad debía reservarse para su futuro dote.
—No estoy pidiendo ni un centavo de más; solo recupero lo mío. Consideren esto mi mayor acto de benevolencia hacia ustedes.
La precisión y contundencia de sus argumentos dejaron sin réplica a los tres presentes. Sin embargo, tratándose de Rosa, desprenderse de esa cantidad le resultaba más doloroso que arrancarse la piel a tiras. Desesperada, recurrió a su vieja táctica de victimismo para despertar compasión.
—Nieves, estos años no han sido fáciles para mí, criando sola a Paloma y a Tomás. Tu tío murió muy pronto... Aunque pasáramos dos años enteros sin comer ni beber, ¡mi familia jamás podría reunir mil yuanes!
Nieves la midió con la mirada, implacable.
—Tía Rosa, desde hace cinco años mi padre te entrega sesenta yuanes de su sueldo cada mes; en todo este tiempo eso suma tres mil seiscientos yuanes, sin contar el salario fijo que tú misma cobras mes tras mes. ¿De verdad vas a decir que no tienes mil yuanes guardados? Podrás engañar a los extraños, pero tú sabes muy bien lo que tienes en el bolsillo.
En un par de frases certeras, Nieves destrozó la máscara de penuria de su tía. Ni siquiera había sacado a relucir los tres mil yuanes que el ejército otorgó como pensión tras la muerte de su tío, un dinero que Rosa mantenía intacto bajo su control. Nieves sabía que aquellos fondos habían costado una vida y no pensaba tocar un solo centavo de ellos, razón por la cual prefirió no mencionarlos.
—Nieves, de verdad no tengo dinero... ¿Acaso pretendes obligarme a vender mi propia sangre? —gimoteó Rosa con una expresión de absoluto desconsuelo, como si la muchacha la estuviera empujando al borde del abismo.
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