Perfume de Damascenas
Краткое содержание
Shaila murió la noche de su boda. Envenenada. Traicionada. Olvidada. Pero alguien la escuchó antes de desaparecer. Arioch, un demonio que no debió intervenir, decide romper las reglas por ella y devolverla a un mundo donde la muerte ya no es un límite, sino el comienzo. Sed de venganza, secretos enterrados y un poder que despierta en su sangre… Shaila ya no es la misma mujer que murió. Mientras sus asesinos gobiernan un reino en decadencia, algo peor crece en las sombras: una criatura capaz de destruir incluso a los dioses. Y en medio de todo eso… él. El demonio que será su aliado o ¿Acaso será su condena?
Глава1
Lo que responde en la oscuridad
(Parte 1/2)
El Reino de las Sombras celebraba.
Pero, no era una celebración alegre, ni desbordada. Era precisa y medida. Como todo lo que ocurría dentro de aquellos muros.
Desde las torres más altas hasta los patios interiores, todos cubiertos de rosas oscuras, cada rincón había sido preparado para aquella noche. Las luces no brillaban: ardían con una intensidad controlada, como si incluso el fuego obedeciera reglas invisibles.
Todo estaba en su lugar. Todo, menos ella.
La princesa Shaila avanzó por el gran salón mientras los pétalos caían desde lo alto en una lluvia lenta y perfecta. Algunos decían que eran flores. Otros, que eran piedras pulidas. Bajo la luz, era difícil diferenciarlos.
Ella no sonreía. Bueno, no realmente. En realidad, sus labios dibujaban la curva exacta que se esperaba de una reina recién consagrada, pero sus ojos, grises y profundos, cargados de algo que no lograba ocultar, no acompañaban ese gesto.
Sino que observaban con atención. Medían y memorizaban todo lo que percibían a su paso. Como si cada columna, cada rostro, cada sombra tuviera importancia.
Como si no fuera a volver a verlos.
—Hermosa…— exclamaban algunos.
—Impecable…— aseguraban otros.
—Digna de la corona…— proclamaban otros más.
Las voces llegaban en susurros, siempre a una distancia segura. Nadie se acercaba demasiado. Nadie olvidaba dónde estaba ni quién observaba.
Porque esa noche no solo se coronaba a una reina. Sino que, además, se confirmaba un orden y Shaila lo sabía mejor que nadie.
Su mano se tensó apenas cuando sintió el contacto.
—Majestad.— dijo alguien a su derecha.
La voz de Kefar era baja, controlada, perfectamente modulada. No necesitaba alzarla. Siempre era escuchado. Shaila giró apenas el rostro y él ya la estaba mirando.
No había sorpresa en su expresión, ni admiración. Tampoco orgullo. Solo esa calma firme que había aprendido a reconocer y a desconfiar.
Kefar no era un hombre difícil de entender. Solo era un hombre que no mostraba nada innecesario.
—El reino celebra por usted —continuó, tomando su mano con suavidad calculada—. Debería parecer más complacida.
La presión en sus dedos era leve, pero firme. Shaila sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.
—Lo estoy —respondió sin mucho entusiasmo.
Y, por un momento, casi pareció verdad. Pero Kefar no sonrió.
—Claro.— respondió con cortesía gélida.
La soltó solo para volver a tomarla, guiándola hacia el centro del salón elevado. Siempre guiándola. Siempre marcando el paso.
Shaila dejó que la condujera. No porque quisiera. Sino porque no había otra opción. Una reina no era reina hasta que era aceptada. Y en el Reino de las Sombras, la aceptación tenía condiciones claras.
Para empezar, ninguna mujer gobernaba sola. Nunca lo habían hecho. Tampoco, nadie se le permitirían. La corona no se heredaba. Se legitimaba. Y el matrimonio era el precio.
Shaila había conocido esa verdad desde niña. Pero conocer algo no lo hacía más fácil de aceptar.
Mientras avanzaban, las conversaciones se desvanecían a su paso. Las miradas se inclinaban. Las copas se alzaban en gestos sincronizados que parecían ensayados.
Todo funcionaba. Todo encajaba.
Excepto esa sensación, que no era miedo, no del todo. Era algo más fino. Más difícil de nombrar.
Como si el aire estuviera cargado de algo invisible. Como si algo hubiera sido decidido antes de que ella entrara en la sala. Antes de que dijera que sí.
Sus dedos se tensaron apenas y Kefar lo notó.
—¿Algo le incomoda?—preguntó, alzando las cejas.
La pregunta no era preocupación. Era evaluación.
—No —respondió Shaila—. Solo… es mucho.
—Debería acostumbrarse.
—Lo haré.— repuso Shaila.
Y él asintió, no porque le creyera. Sino porque esperaba que fuera cierto. Entonces la vio.
«Jazmina.»
Su hermana menor se encontraba junto a una de las columnas, rodeada de nobles que reían con facilidad. Su vestido blanco capturaba la luz de forma distinta, como si no perteneciera del todo a aquel lugar.
Siempre había sido así. Jazmina no se adaptaba. En realidad, era al revés, el mundo se adaptaba a ella.
Cuando sus miradas se cruzaron, Jazmina sonrió perfecta, sin fisuras. Shaila sintió un leve escalofrío.
No había nada incorrecto en ese gesto y, sin embargo…
—Ella parece feliz —comentó Kefar, sin dejar de avanzar.
—Siempre lo parece.— reconoció Shaila con desinterés.
—Tal vez debería aprender de ella.— sugirió hiriente, Kefar.
Shaila no respondió. No porque no tuviera algo que decir. Sino porque no había nada que pudiera decir que importara.
Llegaron a la mesa principal. Elevada, visible...
E inevitable. El lugar donde todo se sellaba. Donde todo se confirmaba. Un símbolo...
O un sacrificio.
Shaila no estaba segura de cuál de los dos era.
Un sirviente se acercó en silencio, sosteniendo una bandeja con copas de cristal fino. El líquido en su interior era oscuro, más cercano al negro que al rojo, y reflejaba la luz de forma opaca.
—El brindis —anunció Kefar.
Y el salón se detuvo. No hubo orden, porque no hizo falta. Simplemente, el silencio cayó como una instrucción comprendida.
Shaila tomó su copa y el cristal estaba frío. Demasiado para su gusto.
Al mirarla con atención, le pareció que el líquido en su interior no se movía. Ni siquiera cuando lo inclinó levemente.
Algo no encajaba. Pero no en el objeto. Sino en el momento.
—Por la unión de nuestras casas —declaró Kefar, alzando la suya.
Las copas respondieron al unísono. Shaila alzó la suya. Sus dedos no temblaron.
No obstante , dudó. Aunque solo fue un instante. Un pensamiento breve y preciso.
«No.»
Pensó, pero no era un pensamiento de miedo. Tampoco era intuición. Más bien, era certeza.
Sabía que podía detenerse. Podía bajar la copa y romper el gesto. Pero no lo hizo. Porque no se le permitía dudar. Porque una reina no cuestiona a su rey en público y porque el precio ya había sido pagado.
Así que bebió y el líquido tocó sus labios. Al principio era dulce, cálido, luego, fue extrañamente denso. Durante un segundo, nada ocurrió.
El sonido volvió. Las conversaciones retomaron su curso, Kefar bajó su copa y Jazmina siguió sonriendo. Entonces, algo ocurrió.
Apareció el fuego, que no fue inmediato. Sino que fue lento y preciso. Como todo lo demás esa noche.
Comenzó en su garganta. Una línea ardiente que descendía con una calma calculada. Luego se fue a su pecho con la forma de un peso, una opresión.
Un dolor que no era violento, pero sí inevitable. Shaila juraría que era diseñado.
Sus dedos se aflojaron y la copa cayó. El cristal se rompió contra el mármol con un sonido seco que atravesó el salón.
El silencio volvió. Pero, esta vez, más pesado, más consciente. Shaila intentó respirar.
Son embargo, el aire no llegó. De todas formas, abrió los labios un poco más. Eso tampoco ayudó.
—¿Shaila?— preguntó alguien, ella no supo quién.
La voz sonó cercana y demasiado correcta.No había urgencia. Tampoco había error. Con la mirada, buscó a Kefar.
Él también la miraba. Sin moverse. Ni tocarla. Ni siquiera demostraba sorpresa. Solo la observaba.
Y en ese instante, todo encajó. No hubo revelación. No hubo duda. Solo claridad.
Esto no era un accidente. Nunca lo había sido.
«Jazmina.»
Giró la cabeza con dificultad. La encontró. Ya no sonreía.
O tal vez sí.
Pero no era la misma sonrisa. No había dulzura. Menos aún, había ligereza. Solo calma.
Eso dolió más que el fuego y más que el veneno. Más que la muerte que avanzaba con cada segundo.
Su cuerpo cedió. El suelo la recibió con frialdad absoluta. El mundo se inclinó y se deshizo. Pero su mente seguía allí:
Despierta, consciente y ardiendo.
«¿Por qué…?»
La pregunta no salió, no había voz, solo pensamiento. Y ni siquiera eso permaneció completo.
Los recuerdos comenzaron a superponerse. Fragmentos, pequeños momentos y detalles que al fin encajaban de formas que antes no había visto.
Demasiado tarde. Siempre demasiado tarde.
El dolor creció. Aunque no en intensidad. Sino en presencia y lo ocupó todo.
Sus manos dejaron de responder, sus piernas desaparecieron, su pecho apenas se movía.
Pero, su corazón seguía resistiendo.
Primero un latido. Luego otro. Cada uno más débil. Más distante.
«No así.»
No había miedo en ese pensamiento. Solo había rechazo. Y algo más profundo comenzó a formarse. Que no era tristeza. Tampoco era resignación.
Pero era igual de afilado, frío y puro.
«Quiero…»
El mundo se oscureció, el sonido desapareció y la luz se quebró en fragmentos que no lograba seguir.
«Quiero que paguen.»
Esa fue la última idea completa, que no era un deseo. Tampoco una súplica.
Sino una decisión.
El último latido llegó y luego nada. Pero no fue silencio. No del todo. Algo permanecía. Aunque no era su cuerpo. Tampoco su voz. De igual forma, algo seguía allí. Sosteniéndose.
Negándose a desaparecer y en ese límite, Shaila dejó de ser la mujer que había sido.
Последние главы
Donde la forma revela la grieta
(Parte 2/2)
<Donde la forma revela la grieta
(Parte 1/2)
<Resonancia de origen
(Parte 2/2)
Resonancia de origen
(Parte 1/2)







