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No la Dejes Escapar

No la Dejes Escapar

Ultimo aggiornamento: 2026-08-21 08:05:14
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Rapporto

Sinossi

Gisela García, la heredera del imperio más rico de Ciudad Central, lo tenía todo hasta que la traición de su prometido y la ambición de su propia familia la dejaron al borde del abismo. Tras ser despojada de su legado en una boda que debió ser la suya, Gisela decide que la compasión es un lujo que ya no puede permitirse. En un giro desesperado del destino, se cruza con Hugo-Andrés Hortelano, el enigmático y despiadado heredero de una corporación rival, con quien pacta una alianza peligrosa bañada en lujuria y conveniencia.


En un mundo de rascacielos fríos y corazones de piedra, Gisela se sumerge en un juego de seducción y poder para recuperar lo que le pertenece. Pero mientras las sombras del pasado de Hugo-Andrés y los secretos mortales de su propio abuelo salen a la luz, Gisela descubre que el precio de la venganza puede ser más alto de lo que imaginaba. ¿Podrá mantenerse fiel a sus principios o se convertirá en el mismo monstruo al que intenta destruir?


Capitolo1

Este era el hotel de gran lujo más céntrico de Ciudad Central.

Columnas talladas, techos artesonados y un resplandor dorado que envolvía cada rincón de la imponente torre; cada detalle del edificio destilaba una sofisticación sin igual.

Un flujo incesante de invitados abarrotaba la entrada, pero justo en ese momento, un Lamborghini se detuvo frente a las puertas principales. La puerta se abrió lentamente y unas piernas largas acapararon todas las miradas; calzaba unos tacones de aguja en un delicado tono rosa pálido. Su figura, voluptuosa y elegante, iba envuelta en un vestido corto de color blanco puro que resaltaba una piel tan pálida como la nieve. El diseño, de tul con incrustaciones de diamantes y aberturas en el abdomen y la espalda, le añadía un toque irresistible de sensualidad.

La mujer se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos almendrados de mirada indiferente. El sutil rasgueo hacia arriba en las comisuras de sus ojos le confería un aire seductor, mientras que sus mejillas con un toque de lozanía juvenil y sus labios entreabiertos le daban un matiz de inocencia. Su larga melena ondulada le caía hasta la cintura; bastaba una sola de sus miradas para dejar a cualquiera sin aliento.

No tardaron en reconocerla.

—¡Cielo santo! ¡Miren! ¿Esa no es la hija mayor de la Familia García? ¡¿Qué hace ella aquí?!

—¡Pero si el novio de hoy es el ex que la dejó plantada!

—¡Seguro que viene a arruinar la fiesta! ¡Hoy habrá espectáculo del bueno!

Gisela García recorrió el lugar con la mirada y, al instante, los murmullos cesaron.

En la entrada, un cartel de fondo rojo con letras doradas anunciaba: «Deseamos a Victor Vargas y Graciela Hortelano una unión eterna y una vida llena de hijos».

Gisela no pudo evitar una risa amarga y, con paso firme, se adentró en el salón de recepciones.

Se sentó al azar en una de las mesas; las risas y charlas de los presentes se cortaron en seco y un escalofrío recorrió la espalda de todos.

Era bien sabido que la Familia García, a la que ella pertenecía, era la más rica de Ciudad Central, un linaje con siglos de historia. Los padres de Gisela habían muerto prematuramente tras ser víctimas de una conspiración, dejando a esta única hija bajo la protección absoluta del patriarca, quien la atesoraba como a su posesión más valiosa. Enfrentarse a ella era, básicamente, declarar la guerra a toda la Familia García; era buscarse la ruina.

Ante ese pensamiento, los invitados no pudieron evitar compadecerse de Victor Vargas.

—Señorita García —dijo Graciela Hortelano, acercándose con su vestido de novia blanco inmaculado y el cabello recogido en un moño bajo. Con una sonrisa dulce y falsa, le ofreció una copa—. Gracias por dejar atrás el pasado y venir a darnos su bendición.

Gisela la miró con frialdad, manteniendo una sonrisa gélida en los labios, pero no hizo ademán de aceptar la bebida.

—¿Y en qué momento he dicho yo que viniera a darles mi bendición?

—Gisela, este es un asunto entre nosotros —intervino Victor Vargas frunciendo ligeramente el ceño. Su traje blanco lo hacía parecer un caballero culto y refinado. Extendió su brazo protector para colocar a Graciela tras él—. No molestes a Graciela.

Qué pareja tan abnegada y amorosa.

Gisela sintió deseos de aplaudirlos.

Si no los hubiera visto con sus propios ojos revolcándose entre las sábanas tiempo atrás, quizás hasta ella misma habría creído que Victor la había dejado por pura resignación.

Lamentablemente para ellos, la farsa llegaba hoy a su fin.

Gisela soltó una breve carcajada, tomó la copa de manos de Graciela y se la bebió de un trago.

—¿Por qué habría de odiarlos? Fuiste tú quien me engañó primero para acostarse con esta mujer, dejando el honor del Grupo Vargas por los suelos. Sin embargo, yo, Gisela García, nunca he sido una persona mezquina. Te brindo esta copa y te deseo que seas feliz el resto de tu vida.

La expresión de Victor se tensó por un momento. Tardó unos segundos en forzar una sonrisa.

—Gisela, sabía que tú...

—No obstante —continuó ella, cortándole en seco mientras su sonrisa desaparecía para dar paso a una mirada de puro hielo—, firma el documento de transferencia de acciones lo antes posible. Ya que no formas parte de la Familia García, devuelve las participaciones del Consorcio García. No dejes que la gente diga que te acercaste a mí solo por nuestro dinero.

El rostro de Victor pasó por todas las tonalidades de la humillación.

—Gisela, es que todavía no puedes perdonarme...

—Ni siquiera te culpo, así que no hay nada que perdonar. Hace mucho que dejé de amarte; solo he venido a notificarte algo —Gisela levantó la barbilla, con una indiferencia absoluta—. Este hotel solo está abierto para la Familia García y sus clientes VIP. Puesto que no eres socio y tampoco te apellidas García, deja de usar nuestro nombre para ir estafando por ahí. Te regalo una hora para que termines tu reunión; después de eso, no quiero ver a una sola persona aquí dentro.

Al terminar de hablar, un silencio sepulcral cayó sobre el enorme salón. Gisela dio media vuelta y se marchó con elegancia, haciendo resonar sus tacones contra el suelo.

No se percató de que, desde la penumbra, una mirada cargada de curiosidad e interés la seguía atentamente.

Se puso las gafas de sol para que nadie viera cómo sus ojos empezaban a enrojecer.

Solo cuando subió al coche y cerró la puerta pudo relajarse por completo, quedándose con la mirada perdida en el frente.

Tenía diecinueve años cuando conoció a Victor Vargas en la academia de élite de Ciudad Central. Él era el presidente del consejo estudiantil y ella la directora del departamento de comunicación. Organizaron juntos aquel festival universitario que fue la sensación de la ciudad, y así fue como se conocieron y se acompañaron hasta formalizar su relación.

Victor era tres años mayor que ella, un hombre de modales exquisitos y apariencia culta. Gisela confiaba tanto en él que incluso estuvo dispuesta a transferirle acciones del Consorcio García.

Si no hubiera sido por aquel mensaje de texto anónimo que la citó en el hotel, jamás se habría imaginado que, a pesar de todo lo que ella hacía por él, Victor tenía a otra mujer y se dedicaba a esparcir rumores diciendo que ella lo despreciaba por su origen humilde.

A Gisela no le importaba a quién amara Victor ni con quién se casara; lo que más le dolía era haberle entregado toda su confianza para que él le clavara un puñal justo en la parte más vulnerable de su corazón.

Al recordar aquello, el dolor la invadió y pisó el acelerador a fondo.

El coche rugió y desapareció en la distancia, deteniéndose poco después frente a la puerta de un bar.

Nada más entrar, el estruendo de la música ensordecedora la envolvió.

Gisela buscó su lugar habitual y se sentó sola.

El alcohol fuerte le quemaba la garganta al pasar, pero en poco tiempo, el aroma dulce y embriagador de la bebida inundó sus sentidos, sumiéndola en un estado de sopor.

—Oye, preciosa, ¿estás sola?

En algún momento, un hombre flaco y de aspecto desagradable se materializó a su lado con una sonrisa cargada de lascivia.

—¿Te han roto el corazón? Ven con nosotros, te prometo que haré que se te olvide todo.

Gisela se recostó en el sofá con aire lánguido. Su mirada indiferente solo sirvió para encender más el deseo del hombre, que alargó la mano para acariciarle el hombro.

Sintió el contacto suave de la seda y la piel tersa, pero antes de que pudiera disfrutarlo, Gisela se echó hacia atrás con violencia, le atrapó la muñeca y se la retorció con fuerza. El tipo estalló en gritos de dolor, suplicando y llorando como un niño.

Bajo las luces tenues del bar, cruzarse con algún idiota era algo común; Gisela no le dio importancia. Se limitó a decir con voz gélida:

—Lárgate.

—¡¿Cómo te atreves a tocarme, maldita zorra?! ¡Ya verás! ¡Espérate ahí!

El hombre se alejó corriendo mientras se sujetaba la muñeca. Gisela soltó un bufido de desdén y siguió bebiendo.

No supo cuánto tiempo pasó, pero el bar comenzó a llenarse cada vez más a medida que avanzaba la noche.

Gisela se levantó, tomó su bolso y se dispuso a marcharse.

En ese instante, la multitud se abrió a su paso en medio de un gran alboroto.

—¡Muchachos, es esta perra! —gritó una voz entre el ruido—. ¡No la dejen escapar!

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