Sinossi
Jane Thayer es la definición de una mujer de éxito en el Chicago más elitista, pero tras su fachada de acero se esconde una mujer al borde del abismo. Después de perder el control de su legado ante su tío Andrew por un arraigado prejuicio de género, Jane debe cargar con la asfixiante responsabilidad de su numerosa familia mientras oculta una rabia que amenaza con consumirla. Entre sesiones de terapia y negociaciones despiadadas, lucha por mantener la cordura en un mundo que espera su fracaso.
En un entorno donde las alianzas se firman con ambición y los contratos matrimoniales son armas de doble filo, Jane se ve obligada a jugar su última carta. Para salvar el imperio Thayer y proteger a los suyos, deberá aceptar un pacto inesperado que desafía todas sus reglas. En esta red de traiciones familiares y herencias en juego, Jane descubrirá que tener a un caballero blanco a su lado tiene un precio, y que a veces, para ganar la guerra corporativa, hay que arriesgar el corazón en el proceso.
---
Capitolo1
La placa en la puerta parecía burlarse de mí. Dra. Annie Monroe, terapeuta. Mi terapeuta.
Alcé la barbilla y recorrí con la mirada la pequeña sala de espera que solía resultarme extraña cuando empecé a venir a estas citas. Ahora ya tenía mi silla favorita, en la que estaba sentada en ese momento: la que estaba junto a la sansevieria. La otra única silla estaba al otro lado de la habitación, al lado de un difusor que echaba vapor. El aroma a incienso y toronja era agradable, pero no cuando te daba de lleno en la cara. Entonces dejaba de ser relajante, que suponía que era precisamente la intención.
También había un diván, pero no iba a recostarme allí antes de mi cita como si fuera Cleopatra. Ni todo el vapor de toronja del mundo me relajaría tanto.
La puerta del consultorio de la doctora Annie se abrió y su mirada se posó en mí. Me dedicó una de esas sonrisas que la gente reserva para los animales asustadizos en los que no se puede confiar. Luego retrocedió, mantuvo la puerta entreabierta y me invitó a pasar con un gesto de la mano.
Me acomodé en mi lugar de siempre, el sillón de cuero que me esperaba. A mi derecha, una caja de pañuelos estaba lista para la acción. No los necesitaría.
En mi familia se esperaba que mantuviéramos la compostura incluso si nos apuntaban con una pistola, razón por la cual me senté con elegancia, con las piernas cruzadas y un tobillo cuidadosamente oculto tras el otro, preparada para mentir descaradamente. Por la compostura, claro.
—Jane —comenzó la doctora Annie, con un tono aplacador y suave, casi insultante—. ¿Cómo has estado?
Oh, sencillamente espectacular. Por eso vengo aquí dos veces al mes, porque todo es perfecto.
Esbocé mi sonrisa más responsable de hija mayor.
—Genial. Sí. Todo bien.
Ella ladeó la cabeza unos diez grados hacia la izquierda.
—¿Cómo va el trabajo?
—Súper. —Excepto por el hecho de que todavía me produce una rabia exasperante, agónica e increíble ver a mi tío Andrew en la oficina después de que lo votaran como director ejecutivo por encima de mí, una graduada de Yale con un doctorado en administración de empresas, solo porque soy mujer. Recuperé la sonrisa que se me había borrado de los labios—. De maravilla, de verdad.
—Bueno, eso es bueno —dijo ella despacio, como si supiera que estaba diciendo puras tonterías—. ¿Cómo va tu relación con la junta directiva?
—Mejor. —Apreté los reposabrazos de la silla con un movimiento practicado que nadie notaría jamás y le solté con fluidez las respuestas que quería oír—. Estamos aprendiendo a interpretarnos mejor.
Son un noventa por ciento de fósiles sobrealimentados y mal trajeados que creen que el feminismo es una marca de yogur. Sonreí mostrando los treinta y dos dientes.
—Nuestro altercado ya es agua pasada.
Ni una pizca de eso era cierto, pero no venía aquí a ser honesta. Venía por la estructura. Por la responsabilidad. Por mantener la ilusión de que, al sentarme en esta habitación durante cincuenta minutos cada dos semanas, estaba haciendo algo para mejorar mi salud mental.
Por otra parte, llevo tanto tiempo funcionando a base de agotamiento y cafeína que no estoy del todo convencida de que me quede salud mental alguna que rescatar.
—¿Estás saliendo con alguien? —preguntó entonces, como si fuera tachando puntos de una lista mental—. ¿Quizás has tenido alguna cita desde nuestra última sesión?
Apreté los dedos con más fuerza contra los reposabrazos, un movimiento que había perfeccionado para centrarme cuando me hacían preguntas que realmente no quería responder. Había tenido mucha práctica con eso en los últimos años, sobreviviendo a conferencias de prensa y al escrutinio público que nunca pensé que tendría que enfrentar.
—No —admití en voz baja—. Ninguna cita por ahora.
Ella asintió y tomó nota.
—¿Lo has considerado?
—Claro.
Ella asintió también; al parecer, mi respuesta fue satisfactoria. Bien.
—¿Y cómo van las cosas con tu madre y tus hermanos?
Ah, sí. Mi tema favorito. El que nunca falla en hacerme sentir que estoy fracasando en la vida y en la crianza al mismo tiempo, y eso que ni siquiera he tenido un hijo propio.
Recité mi respuesta como si leyera un guion.
—Sigo sintiéndome responsable de ellos. Sé que eso probablemente contribuye a mi falta de vida social y seguramente también sea la razón por la que apenas tengo amigos.
Es absolutamente la razón por la que ha pasado al menos un año desde mi último orgasmo decente. Ya nunca tengo tiempo para mí, pero bueno, a estas alturas, ¿quién lleva la cuenta?
Ella sonrió con calidez, sin inmutarse ante mi seco discurso.
—Bien. El reconocimiento es el primer paso.
El reconocimiento parecía ser el único paso que daba.
—¿Has pensado más en establecer límites con tu familia? —preguntó—. ¿Como hablamos en nuestras últimas sesiones?
—Bueno, sí. —Es decir, lo he pensado—. Todavía no hemos tenido oportunidad de hablarlo.
Se reclinó en su silla, observándome como un artista que examina su obra.
—Hablemos de eso, ¿te parece? ¿Qué crees que te impide sentarte con ellos y discutir esas cosas?
Sabía exactamente qué me lo impedía, pero no iba a decírselo porque nunca lo entendería. No había forma de que pudiera hacerlo. Así que, en su lugar, respondí a todas sus preguntas con la dosis necesaria de reflexión y, cuando terminó la sesión, ya estaba fuera de la silla antes de que su bolígrafo dejara de garabatear.
De vuelta en el vestíbulo de mármol de sus consultorios, me envolví el cuello con la bufanda, me preparé para el frío extremo del exterior y escapé de su escrutinio lanzándome a lo que parecía la cámara de castigo del más allá.
El principio de enero en Chicago era menos un paisaje invernal de ensueño y más un desafío de cubeta de hielo, pero solo si la cubeta fuera el cielo entero. En cuanto puse un pie fuera, el viento me abofeteó de lado y la nieve intentó cegarme.
Me deslicé casi un metro por la acera a pesar de mis esfuerzos por quedarme quieta, pero el auto que había pedido hacía veinte minutos, como la adulta responsable y previsora que se suponía que era, no aparecía por ningún lado. Revisé el teléfono y se me encogió el estómago al ver la notificación que me esperaba en la pantalla.
Su viaje ha sido cancelado debido a las condiciones climáticas adversas.
—No me digas —murmuré, guardando el teléfono en el bolsillo del abrigo—. Esto debe de ser lo más parecido al infierno congelado.
Un taxi amarillo apareció a lo lejos como un faro en mitad de la tormenta. Me abrí paso a duras penas hacia el borde de la acera, agitando el brazo con la desesperación de quien sabe que acabará sepultado por la nieve si deja pasar esa oportunidad. Como si fuera un caballero en un caballo blanco que acudía al rescate, el conductor redujo la velocidad. Prácticamente me arrojé sobre la puerta y me colé en el asiento trasero con la misma gracia que una jirafa recién nacida.
Pero al diablo con la elegancia. Había entrado entera y solo a medio congelar.
Apenas acababa de soltar el aire cuando la puerta del otro lado se abrió de golpe y sin previo aviso. Lo primero que me golpeó fue una ráfaga de aire helado. Luego, un torbellino de lana oscura, copos de nieve y una intensa energía masculina ocupó la otra mitad del asiento. Un elegante maletín de cuero negro cayó entre nosotros, seguido de inmediato por su dueño, un hombre cuyos hombros eran tan anchos que hacían que el interior del taxi pareciera una caja de zapatos.
Me miró, luego observó la tormenta y cerró la puerta con firmeza, encerrándonos a los dos como si quedarse con taxis ajenos fuera parte de su rutina habitual de los viernes. —Pago yo si lo compartimos.
Lo miré parpadeando, estupefacta. Tenía copos de nieve atrapados en el cabello castaño oscuro y las largas pestañas cubiertas de escarcha. Me observó con unos ojos de un sorprendente y profundo verde musgo, aunque solo me dedicó una mirada fugaz antes de desviar la vista.
Curiosamente, me resultaba familiar. No era fácil olvidar un rostro con unas facciones tan marcadamente masculinas. Por otra parte, a juzgar por el aroma inconfundible de su costosa colonia y la excelente calidad de su ropa, era muy probable que lo conociera de los insoportables círculos sociales en los que se movía mi familia, o de alguna gala benéfica de la que yo me hubiera escapado temprano. Sin duda tenía el aspecto del típico hombre que posee varios esmóquines y pasa las noches criticando las pajaritas de los demás.
—No... —comencé a decir, completamente dispuesta a exigirle que se bajara.
Sin embargo, él se inclinó hacia delante de forma abrupta, obligándome a pegarme contra la portezuela para evitar cualquier roce accidental de rodillas, brazos o mera existencia. Le dio al conductor una dirección en la Costa de Oro de Chicago —cómo no— y volvió a recostarse en el asiento.
—Me queda de camino —murmuré, molesta de que el universo se hubiera confabulado incluso en eso.
El hombre de las facciones esculpidas y extraordinariamente atractivas ni siquiera se molestó en responder.
Qué obvio. Probablemente no se dignaba a dirigirle la palabra a quienes consideraba simples mortales, sobre todo teniendo en cuenta que parecía moldeado por los mismos dioses y bendecido con la fortuna de un príncipe.
Desechando aquel absurdo pensamiento, saqué el teléfono y fingí estar ocupadísima revisando correos electrónicos que, en realidad, no estaba de humor para contestar. Era viernes por la noche, el único momento de la semana en el que me permitía tomarme unas horas libres de la oficina.
Aquel era mi espacio para lavar la ropa, pagar facturas, hacer las compras y poner en orden mi vida. En fin, para ocuparme de cualquier cosa que no tuviera que ver con el trabajo. Mañana tendría que volver a la oficina porque íbamos retrasados con las previsiones del trimestre y mi tío Andrew era un bufón incompetente. Seguramente también tendría que pasarme allí todo el domingo.
El taxi dio un frenazo brusco y levanté la vista para encontrarme con una hilera interminable de luces traseras rojas. Estábamos atrapados en un embotellamiento monumental, lo cual no era ninguna sorpresa. Con un clima así, los accidentes eran inevitables.
Fue entonces, al salir de mis pensamientos, cuando lo sentí: el peso de una mirada fija en mí.
La suya.
Cuando levanté la vista, descubrí que me observaba descaradamente, sin el menor disimulo ni cortesía. Sin embargo, su expresión era tan impasible como si estuviera tallada en piedra; un rostro masculino, de líneas angulosas y absolutamente indescifrable.
Salvo por el sutil destello en esos ojos verdes, claro. No lograba descifrar si se trataba de interés, diversión o fastidio, pero, aun habiéndolo atrapado con las manos en la masa, no se inmutó ni desvió la mirada.
Me bastaron dos segundos para decidir que yo también sabía jugar a eso. Le sostuve la mirada con la misma intensidad, negándome por completo a ser la primera en parparcardear. Si aquel hombre creía que podía apoderarse de mi taxi, invadir el único momento de paz que tenía en toda la semana y encima mirarme como si yo fuera un problema matemático sin resolver, me había subestimado por completo.
Nuestras miradas se enzarzaron en un duelo silencioso y eléctrico. Por un instante absurdo, me olvidé del resto del mundo, pero afortunadamente la tensión no se prolongó mucho más. Recuperé la cordura de golpe y solté un suspiro.
—¿Se te ofrece algo? —le espeté—. Los duelos de miradas solo me entretienen un rato y no tengo paciencia para los hombres que creen que sostener la vista es un rasgo de personalidad.
El muy desgraciado esbozó una media sonrisa, una mueca lenta y cómplice que me revolvió algo en la boca del estómago. Aquellos intensos ojos verdes recorrieron mis facciones con una aguzada curiosidad, como si yo también le resultara familiar, pero no se molestó en presentarse.
En lugar de eso, se limitó a señalar vagamente hacia la ventanilla.
—El clima está empeorando.
Qué gran observación, capitán obvio.
—Sí. Gracias por el dato.
—Dicen que el viento soplará con más fuerza al caer la noche —añadió, contemplando cómo una ráfaga de nieve azotaba el cristal.
A mi pesar, me descubrí recorriendo con la mirada la elegante y fuerte línea de su cuello.
Desesperada por no seguir observándolo, se me ocurrió una de esas ideas absurdas que no tenía desde los dieciséis años. Saqué el teléfono del bolsillo y fingí recibir una llamada.
—Hola, sí. Qué tal —anuncié en voz alta dirigiéndome a la pantalla de bloqueo. Le di la espalda y miré hacia el exterior, donde la tormenta lo cubría todo de blanco—. No, voy en taxi. Sí, lo sé. Es increíble.
A mi lado, el hombre se movió y, en el momento más mortificante de mi vida, él también atendió una llamada. Deslizó el teléfono del bolsillo interior de su abrigo y se lo llevó a la oreja sin el más mínimo esfuerzo por hacerlo parecer real.
—Hola. Sí, yo también estoy en un taxi —dijo él con tono plano—. No me lo vas a creer, pero la mujer que me acompaña cree que está siendo sutil.
—¿Cómo dices? —Me di la vuelta de golpe. Una vez más, me quedé mirándolo fijo, casi perdiéndome en la intensidad de esos ojos tan increíblemente penetrantes.
Dios, de verdad eso no podía ser seguro para la gente que tenía que trabajar, pensar y vivir a su alrededor.
—Ajá. —Hizo como si cubriera el micrófono del teléfono y luego añadió—: Tu turno.
Se me desencajó la mandíbula, pero logré disimular antes de que se me cayera por completo la boca del asombro.
—Eres un maleducado.
—Mh. Con frecuencia. —Un brillo extraño cruzó esos ojos verdes, pero no supe descifrar qué era. Arrogancia, probablemente—. Soy Alex.
Bajó el teléfono y me tendió una mano enfundada en un guante. Durante un segundo, me le quedé mirando como si fuera a morderme. Al final, se la estreché; la buena educación la llevaba grabada a fuego en las venas. En realidad no nos estábamos tocando directamente porque ambos llevábamos guantes, pero su agarre fue firme y fuerte, y sentí cómo su calor traspasaba la tela que nos separaba.
—¿Tienes por costumbre robar taxis? —pregunté, retirando la mano antes de que me dieran ganas de comprobar si era igual de fuerte en todas partes.
—Para nada —respondió—. Por lo general manejo yo mismo o uso un chofer privado, pero los taxistas son los únicos lo bastante valientes como para andar en la calle con este clima, y entiendo perfectamente por qué.
Antes de que pudiera responder, nuestro conductor estalló en una serie de gritos frustrados, insultando a alguien que estaba al lado. Otro taxista le respondió con gestos exagerados y, a juzgar por las señas, no estaban debatiendo sobre el clima. Más bien parecía que ambos se morían de ganas de empujar al otro contra un banco de nieve.
Cerré los ojos, conté hasta tres y perdí los estribos. Ya había sido suficiente; el día ya me había colmado la paciencia.
—Sostén esto —le dije, estampándole la cartera contra el pecho.
—¿Qué? ¿A dónde vas? No, espera...
Le cerré la puerta en la cara para acallar sus quejas. Mis botas impactaron contra el fango helado con un chapoteo frío. Caminé decidida hacia la ventana del taxi rival y la golpeé hasta que el conductor, de mala gana, la bajó un poco.
—No le vas a cerrar el paso a mi taxi —le solté, usando el mismo tono con el que regañaba a mis hermanos cuando intentaban matarse a golpes con los bastones de lacrosse—. Llevamos veinticuatro minutos atorados aquí y no vas a avanzar nada provocando un choque múltiple. Te sugiero que te quedes en tu carril, literalmente, y dejes de manejar como si hubieras sobornado al Departamento de Vehículos Motorizados para conseguir la licencia.
El hombre parpadeó, asombrado, pero asintió despacio y subió el vidrio. Regresé furiosa a nuestro taxi. Sentía que el abrigo ondeaba detrás de mí como una capa, pero no me importaba si parecía una loca. Me deslicé de vuelta en el asiento y me encontré con que tanto Alex como el taxista me miraban como si acabara de levantar un auto con las manos.
Me acomodé el abrigo y me encogí de hombros.
—¿Qué?
—¿Quién eres? —preguntó Alex. Su voz ahora sonaba más baja, con un matiz casi melancólico.
Fruncí el ceño.
—Soy la mayor de seis hermanos —dije, arrebatándole la cartera de las manos mientras él seguía atónito—. Lextor a peleas peores que esa antes del desayuno desde que tenía cinco años. Y ahora mismo, lo único que quiero es llegar a casa, servirme una copa de vino y ver el episodio de Real Housewives que he estado esperando toda la semana.
De repente, me miró como si fuera un rompecabezas que se moría por resolver.
—Hay un bar de vinos a unas cuadras. ¿Qué tal si te invito a una copa? No tengo la menor idea de qué o quiénes son las Real Housewives, pero seguro me puedes poner al tanto.
Mi primer instinto fue mandarlo a volar. El segundo fue exactamente el mismo. Sin embargo, en algún lugar recóndito de mi mente, la irritante y calmada voz de mi terapeuta me incitaba a luchar contra esos impulsos.
"Deja entrar a alguien, Jane. Permite que alguien te dé al menos una fracción de lo que tú le entregas a los demás". Qué fastidio.
Todavía estaba pensando cómo redactar un rechazo diplomático cuando el taxi dio un tirón hacia delante y el momento se esfumó. Alex se volvió hacia la ventana y yo me resigné a mirar mi celular mientras avanzábamos a paso de tortuga entre el tráfico.
Revisé la bandeja de entrada que debería pertenecer al director general, pero que de algún modo me correspondía a mí. Sacudí la cabeza y apreté los dientes para contener un gruñido. Solo en el rato transcurrido desde que entré al consultorio de la doctora Annie, había recibido cuarenta y siete correos marcados como urgentes.
Veintitrés llevaban el asunto de "por favor, aconséjanos, Jane", lo cual resultaba hilarante, ya que la junta directiva jamás seguía mis consejos a menos que Andrew los repitiera haciéndolos pasar por suyos. Pero esa era mi vida: serlo todo para todos sin recibir el más mínimo crédito por ello.
Finalmente, lo que parecieron horas más tarde, el taxi se detuvo bajo la sombra de una enorme mansión sepultada por la nieve. No era la mía. La arquitectura de la casa de Alex era mucho más elegante, pero quedaba cerca de la propiedad de mi familia.
—Bueno, fue un placer conocerte, seas quien seas —dijo Alex. Le entregó al conductor varios billetes de cien dólares y me señaló con la cabeza—. Lleva a la jefa a su casa, Rudy. Quédate con el cambio. Gracias por traernos a salvo.
¿Rudy? ¿En qué momento se había enterado del nombre del taxista?
Sin más preámbulos, abrió la puerta y se desvaneció en la tormenta. El viento, la nieve y el misterioso castillo en el que vivía se lo tragaron al instante. Me quedé contemplando el espacio vacío donde había estado sentado.
Sentí una extraña nostalgia, un deseo de que regresara o, al menos, de haberme quedado con su número. Pero el taxi reanudó la marcha y suspiré. Probablemente era mejor así. En estos días ni siquiera tenía tiempo para un novio de pilas.
Tener uno de verdad sería un completo desastre.
---
Ultimi capitoli
Al llegar a lo alto de la escalera, el pasillo se abría ante mí. Había puertas a ambos lados, pero l
──────────────────────────────────────────────────────────── La primavera avanzada se había instala
──────────────────────────────────────────────────────────── Alex conducía con una mano en el volan
Afuera, la nieve seguía cayendo mientras mi esposa resplandecía bajo la luz de su flamante oficina,







