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¿Has comido bien?

¿Has comido bien?

Última actualización: 2026-08-31 10:11:28
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Informe

Sinopsis

A los cinco años, Estrella Carreras es enviada a Kaicheng al cuidado de su abuela debido a las restricciones familiares por el embarazo de su madre. Allí conoce a Gabriel Zapata, un joven vecino de trato reservado pero de infinita ternura protectora. Al amparo de su devoto cuidado, Estrella supera la soledad de una infancia postergada y ve nacer entre ambos un lazo incondicional que, con el paso de los años y el florecimiento de su talento artístico, se transforma en un amor profundo e insustituible.


Mientras Estrella ingresa a la Academia de Bellas Artes de Kaicheng y Gabriel revoluciona el campo de la inteligencia artificial con Tecnología Guangshi y su creación estrella, el robot Ojo Espectral, la pareja formaliza su relación y enfrenta juntos las intrigas de Tecnología Yangqi, el dolor de las pérdidas familiares y los viejos rencores parentales. Respaldados por la adquisición estratégica de Tecnología Xingyun, ambos logran derribar todas las barreras del pasado para forjar un destino conjunto guiado por la lealtad y el afecto más sincero.


Capítulo1

Si la línea temporal se situara el 3 de octubre de 2019, la víspera de su boda con Gabriel Zapata, presidente de Tecnología Xingyun, Estrella Carreras habría descubierto su secreto más profundo.

En aquel momento, acababa de salir de la ducha y estaba sentada en la cama organizando los viejos objetos que él había dejado en aquella habitación durante su adolescencia: un balón de fútbol, piezas de Lego, figuras de Iron Man... Gabriel salió del baño con la bata holgada, dejando al descubierto su pecho magro. Llevaba una toalla en la mano, se la puso a ella sobre la cabeza y, mientras murmuraba una suave queja —¿por qué otra vez no te secas el pelo?—, le fue secando los mechones húmedos poco a poco. Estrella sacó la lengua, sin darle mayor importancia al regaño.

Mientras le secaba el cabello, Gabriel apartó la toalla a un lado y de inmediato la cubrió con una lluvia de besos sobre el hombro.

—Ya está bien, no mires más.

Le besó los labios, aprisionando la suave y tibia punta de su lengua con una ternura infinita, hasta empujarla suavemente contra la cama espaciosa.

El diario de Estrella quedó abierto justo en aquella página:

«¿Estrellita se ha portado mal últimamente? ¡Habrá que meterla bajo las sábanas y darle su merecido!».

Resultaba fácil imaginar a aquel muchacho testarudo e intratable garabateando esas líneas con despecho en medio de la noche.

Tenía hasta su punto cómico.

—¿Desde cuándo empezaste a tener esas intenciones conmigo? —preguntó ella. Gabriel le tapó la boca al instante con un beso, mientras el diario ya caía al suelo—: Una palabra más y esta noche no duermes.

Nadie sabía que, al pensar en todos los años transcurridos hasta poder casarse por fin con Estrellita, a Gabriel le dolía el corazón en lo más hondo.

Pero en la línea temporal actual, Estrella tiene cinco años y no es más que una niña pequeña del grupo mediano en el Jardín de Infancia Changhong.

A las cinco de la tarde, al salir de la guardería, su padre la bajó del tubo delantero de la bicicleta tradicional. El cuerpecito rollizo de la niña se movió con agilidad y, con sus mejillas mofletudas rebotando suavemente, entró en casa con total tranquilidad.

Olfateó un poco, pero no percibió ningún aroma a comida. A esa hora, su madre solía tener la cena lista y servida sobre la mesa.

Al empujar la puerta, escuchó arcadas que venían del baño. Su madre estaba encorvada sobre el lavabo, con el rostro pálido, tratando de aliviarse las náuseas metiéndose los dedos en la garganta.

Con su pequeña estatura, Estrella se quedó mirándola un momento. Muy juiciosa, se subió al taburete infantil y le dio palmaditas en la espalda a su madre mientras decía con voz tierna:

—Ya, ya... Mami, no llores, no llores.

Elena Morales, su madre, no supo si reír o llorar. Al ver a su adorable hija, el malestar del estómago se le disipó por un momento. Se limpió la boca y las manos, tomó las manitas regordetas de la niña, las enjuagó bajo el grifo y la alzó en brazos contra su pecho.

En ese instante, Mateo Carreras, el padre, entró con el maletín de trabajo. Al ver a su esposa cargando a la niña, se acercó deprisa:

—¿Cómo se te ocurre con tu estado? No puedes cargarla, ¿no lo sabes?

Elena sonrió con ternura, le acarició la cabecita a la pequeña y la acomodó en el sofá.

—No pasa nada, la niña no pesa.

—De ninguna manera.

En realidad, Estrella no pesaba mucho, solo estaba hinchadita. Aunque parecía una bolita regordeta, apenas alcanzaba los quince kilos; era puro volumen.

Al principio, su abuelo le había puesto de nombre Estrella a secas.

La llamaron así durante bastante tiempo. Cuando fueron a registrarla, la llevaron en brazos. Había muchos policías en la comisaría que, al ver a aquella bebita de ojos enormes y brillantes, quedaron encantados y se acercaron a jugar con ella.

Al momento de asentar el nombre, el oficial comentó que en ese mismo distrito ya habían registrado a cinco niñas con el nombre de Estrella solo en ese mes, y les sugirió si no querían cambiarlo o agregarle algo.

Mateo se vio en un dilema: llevaban tanto tiempo llamándola así que resultaba difícil inventar uno nuevo sobre la marcha.

El oficial Li miró a la pequeña, tan redondita y suave como una pera, y sugirió:

—¿Por qué no le añaden el carácter de «pera» al final? Queda bonito y suena dulce.

Así que los adultos se pusieron de acuerdo y decidieron llamarla Estrella Pera: Estrella Carreras.

Esa noche, fue Mateo quien preparó la cena. Elena se fue a descansar a la cama temprano, sin tiempo siquiera de atender a Estrellita.

El padre le limpió la cara y los pies, la llevó a su camita y le dijo con tono solemne:

—Estrellita, a partir de hoy vas a dormir sola, ¿entendido?

La pequeña asintió con inocencia y le dio un beso a su papá:

—Ya lo sé. Me portaré muy bien.

A la mañana siguiente, sin embargo, volvió a despertarse en la cama de sus padres. Se había levantado a mitad de la noche para ir al baño medio dormida y terminó metiéndose en la cama de su madre, abrazándola y quedándose dormida con su aroma familiar y reconfortante.

Por la mañana notó a su madre algo distinta, aunque no sabía explicar en qué. Solo alcanzaba a escucharla cuchichear con su padre en la habitación mientras hablaban de algo que ella no comprendía.

Después de comerse un buñuelo alargado con gachas de mijo, y al ver que hoy no había huevo cocido, chasqueó los labios con cierta decepción.

El padre salió con el rostro lleno de preocupación, la levantó en brazos y dijo:

—Vámonos, a la escuela.

—¡Adiós, mami!

—¡Adiós, Estrellita!

Por la tarde, al salir de la guardería, la abuela Carreras ya estaba allí, sentada en el sofá tejiendo un suéter.

Estrellita se alegró muchísimo y se acercó corriendo:

—¿Es para mí?

La abuela respondió:

—Es para tu hermanito.

Estrellita se quedó extrañada, se tiró de las trencitas y dijo:

—Pero si yo no tengo ningún hermanito.

—Muy pronto lo tendrás, está en la barriga de tu mamá.

Así que mamá tenía un bebé en la barriga.

En aquel momento, la pequeña no comprendía lo que aquello significaba en realidad.

La abuela se quedó un par de días en la casa. Cuando llegó la hora de marcharse, también le empacó la ropa a Estrellita.

Iba a llevársela con ella.

Elena se secaba las lágrimas en la puerta, con el corazón roto por tener que separarse de su tesoro:

—Mamá, no es que quiera eludir mi responsabilidad, es que de verdad no puedo cuidarla... Ya sabe cómo están de estrictos con los controles de arriba... —En aquella época regía la política de planificación familiar.

La abuela Carreras era una mujer decidida y no le dio muchas vueltas:

—Lo entiendo. No te preocupes por demás, concéntrate en cuidar el embarazo. Cuando nazca el segundo y las cosas se estabilicen, vienen por Estrellita y listo.

—Gracias, mamá. De verdad, muchas gracias por el esfuerzo.

Al día siguiente, Estrellita se marchó con la abuela. Llevaba dos trencitas que le caían a los lados de las orejas, un abriguito y unos pantaloncitos de algodón de color rojo bermellón. Con sus mejillas redondas y los ojos centelleantes, le sonreía a su madre, entusiasmada con la idea de ir a «pasar unos días» a casa de la abuela. Entre las manos sostenía una manzana enorme, más grande que su propia carita, parecida a los niños de la fortuna de las láminas tradicionales de Año Nuevo; daba ganas de comérsela a besos.

Esa fue la primera vez que Estrellita fue a Kaicheng. Su padre y su tío habían comprado juntos un pequeño departamento de dos habitaciones en la planta baja para la abuela, lo cual facilitaba la vida de una persona mayor a la hora de hacer las compras y salir a pasear.

Era una unidad habitacional antigua de más de diez años, pero el entorno era agradable y quedaba cerca del vecindario donde vivía el tío, por lo que resultaba fácil cuidarla.

La abuela Carreras había elegido esa zona porque allí vivía una vieja amiga de hacía décadas: la abuela Zapata. Esta última, no obstante, vivía en la zona residencial de villas que quedaba justo enfrente, separada de los edificios pequeños por un jardín.

La abuela Zapata no había estado bien de salud últimamente debido a la presión alta, y llevaba varios días guardando cama.

Por fortuna, la abuela Carreras podía ir a menudo a hacerle compañía y charlar. La compañía mutua de dos viejas amigas resultaba mucho más reconfortante que la de los propios hijos. A veces, la abuela Carreras se quedaba a dormir directamente en la residencia Zapata, ayudando a cocinar o haciendo tareas del hogar para pasar el rato.

Apenas la abuela Carreras instaló a Estrellita, recibió una llamada para que llevara a su nietecita a la villa para que la conocieran.

En cuanto vio a aquella bolita regordeta, la abuela Zapata no pudo contener la risa:

—Esta debe de ser la pequeña Estrellita. Ven, deja que la abuela te mire.

Estrellita no era nada tímida; muy risueña y con una voz clara y dulce, saludó:

—Hola, abuela.

Además, le ofreció a aquella anciana desconocida la manzana roja que tanto había guardado sin animarse a comer.

La abuela Zapata se puso aún más contenta, y la abuela Carreras se sintió llena de orgullo al ver lo generosa y educada que era su nieta.

En el acto, la abuela Zapata sacó un billete de diez yuanes y se lo dio a la niña:

—Toma, ve a la tiendita de enfrente a comprarte un refresco.

Estrellita miró a su propia abuela con la carita sonrojada y un poco avergonzada. Solo cuando su abuela asintió con la cabeza, extendió su manita regordeta para recibir semejante «fortuna».

Mientras las adultas conversaban, Estrellita se sentó sola en el sofá a mirar la televisión.

Como acababa de llegar a Kaicheng y aún no le habían encontrado un jardín de infancia, tenía que quedarse en casa esos días. Sin embargo, no se aburrió en absoluto, pues se puso a jugar con Canelo, el perro de la abuela Zapata.

Canelo era un golden retriever más viejo que la propia Estrellita.

El perro y la niña corrieron a sus anchas por el jardín, sin que quedara claro si el perro cuidaba a la niña o la niña paseaba al perro.

Al rato, Estrellita agarró a Canelo de una oreja y caminó hasta la tiendita del vecindario. En aquellos años, el ambiente del barrio era muy tranquilo; todos los vecinos se conocían entre sí y nadie temía que una niña tan pequeña pudiera ser secuestrada.

La señora encargada de la tienda le preguntó:

—Pequeña, ¿qué vas a comprar? ¿Vinagre? ¿Salsa de soya? ¿Sazonador? —Pensó que la niña venía a hacerle un mandado a su familia, qué obediente.

Estrellita parpadeó y dijo:

—Señora, quiero comprar tiritas picantes.

Todos los niños de la guardería las habían probado menos ella, porque su madre no se lo permitía. Al ser enfermera en un hospital, su madre sostenía con absoluta autoridad que esa comida volvía tontos a los niños.

La tendera sonrió y le entregó una bolsita de cincuenta centavos.

—¿Quieres algo más?

Estrellita negó con la cabeza.

—Nada más.

Había que cuidar el dinero.

Ni la niña ni el perro se atrevían a entrar a la casa por miedo a un regaño, así que Estrellita se quedó en cuclillas en el jardín, vigilando a las adultas dentro de la casa mientras comía a escondidas y compartía unas cuantas tiritas con Canelo.

La abuela la llamó varias veces para que entrara porque la comida ya estaba lista.

Estrellita miró con apuro sus manitas llenas de grasa y las manchas en su ropa. ¿Cómo iba a solucionar aquel desastre? Estaba a punto de echarse a llorar de la angustia.

La abuela Zapata comentó:

—No te preocupes. En un momento llega mi nieto, que la cargue él para meterla. Déjala jugar un rato más.

Poco después, se escuchó el sonido de un automóvil frente a la entrada. Gabriel Zapata entró con una mochila al hombro y sosteniendo un balón de baloncesto entre las manos. El chofer que lo había traído se marchó de inmediato.

La abuela Zapata alzó la voz hacia afuera:

—¡Gabriel! ¿Ves a la niñita que está ahí? Tráela adentro en brazos.

Esa fue la primera vez que Estrella Carreras vio a Gabriel Zapata.

Era un muchacho de porte erguido como un bambú espigado. Jamás había visto a un chico tan apuesto, de piel clara, ojos oscuros y una sonrisa ligeramente pícara en la comisura de los labios.

En ese momento, Estrella, agachada en el suelo, parecía una perita gordita que lo miraba con ojos inocentes.

Y levantó sus manitas regordetas.

¿Quería que la cargara?

Gabriel vio que sus manitas y su boca estaban cubiertas de grasa, y no pudo evitar fruncir el ceño con disgusto. Para colmo, Canelo también estaba allí, lamiéndose el hocico sin parar.

¿Acaso esa niña y el perro habían compartido algo de comer?

La pequeña Estrellita se intimidó un poco al notar la frialdad del muchacho y, con voz temblorosa y apenas audible, susurró:

—Hermano, cárgame...

Ni siquiera se atrevió a alzar la voz.

La abuela Zapata insistió desde adentro:

—¡Tráela rápido para que coma!

Gabriel dio dos zancadas largas con sus piernas estilizadas, se detuvo un instante y, agarrándola directamente del cuello trasero del abrigo, levantó a la pequeña perita en el aire y caminó hacia la sala.

Vaya, no pesaba tanto como parecía; al final era pura fachada de gordita.

Estrellita gimoteó:

—Uuu...

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