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Traicionada desde el nacimiento: La hija no valorada del Alfa

Traicionada desde el nacimiento: La hija no valorada del Alfa

Última actualización: 2026-07-29 04:20:00
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Informe

Sinopsis

Durante diecinueve años, Aveline Hart soportó el desprecio de su familia y los crueles abusos de su hermana Bianca Hart dentro de la Manada Silvercrest, relegada a la servidumbre. El golpe de gracia llega cuando descubre que Callum Pierce, su amor secreto y su compañero predestinado, conspira con Bianca para usurpar el poder y rechazar su lazo de alma. Desesperada, Aveline huye en su forma de loba, Emerald, y cruza la frontera hacia la Manada Wolfsbane, donde los líderes Edmund Rivers, Talia Rivers y Meredith Rivers le ofrecen refugio y sanación, desentrañando una verdad enterrada: ella es en realidad la hija robada de Evander Wolfe y Serena Wolfe, gobernantes de la poderosa Familia Wolfe.


Mientras Malcolm Hart y Bianca traman difamaciones y trampas para encubrir sus crímenes, Aveline encuentra la fuerza para sanar junto al apoyo incondicional de su padre biológico y la presencia protectora de Darius Blackwell, de la Casa Blackwell, con quien surge una nueva conexión del alma. Entre el Baile de la Alianza y audiencias públicas blindadas con pruebas de cristal de registro, Aveline desenmascara la tiranía de los Hart, logrando que Callum Pierce rompa su silencio para entregar evidencias irrefutables. Al fin libre de las sombras de su pasado, Aveline se alza con dignidad para reclamar su verdadero linaje y su legítimo destino.


Capítulo1

Aveline Hart comprendió muy pronto que, en la mansión de la Manada Silvercrest, el silencio era un refugio mucho más seguro que cualquier explicación.

No siempre había sabido esa lección. De niña, creía de verdad que si aclaraba las cosas, su padre, Malcolm Hart, confiaría en ella; que si lloraba con suficiente desconsuelo, su madre, Rosalind Hart, la rodearía en un abrazo; que si soportaba con paciencia a su hermana Bianca, algún día cesarían aquellas burlas cargadas de veneno.

Sin embargo, los años le enseñaron la dura realidad: ellos sabían perfectamente cuál era la verdad, pero no les importaba. Daba igual que saliera lastimada o que su hermana la pisoteara a su antojo.

Al caer la tarde, la planta baja de la mansión de la manada bullía con los preparativos de la cena. Bianca tenía previsto reunirse con varios jóvenes miembros del clan esa noche, por lo que llevaba desde el mediodía dándole órdenes a Aveline sin tregua. Apenas terminaba de fregar el pasillo cuando Bianca se plantó en lo alto de la escalera y la llamó a gritos.

—Aveline, ¿puedes moverte más rápido? —exigió Bianca con evidente fastidio—. Todavía no has planchado mi vestido azul ni lustrado mis botas. Además, ¿ya ordenaste el joyero de mi habitación?

Aveline se detuvo con el trapo húmedo en la mano. Tenía los nudillos enrojecidos tras horas de contacto continuo con el agua helada.

—Estaba limpiando el suelo de abajo —respondió en voz baja—. Madre me ordenó que debía quedar listo antes de la cena.

Bianca bajó los escalones con paso elegante, haciendo ondular el dobladillo de su falda. Miró el trapo mojado que sostenía su hermana con un desprecio absoluto.

—Ese es tu problema, no el mío —soltó Bianca—. Cuando te pida algo, debes hacerlo de inmediato. ¿En serio crees que limpiar el suelo importa más que mis cosas?

Aveline guardó silencio. Sabía lo que su hermana buscaba: no se trataba solo de encomendarle tareas ingratas, sino de forzarla a reconocerse inferior. Cada orden, cada mofa, era un recordatorio calculado para reafirmar su propia jerarquía.

En aquel hogar, Bianca era la hija adorada. Tenía derecho a enfurecerse, a romper objetos y a culpar de todo a Aveline. Malcolm reñía a Aveline con el ceño fruncido, mientras Rosalind suspiraba quejándose de su supuesta insensatez. Con el tiempo, Bianca entendió que, siempre que el blanco fuera su hermana, jamás recibiría un castigo.

—Lo haré ahora mismo —dijo Aveline.

Bianca no se apartó. Estiró la mano y tomó un mechón del cabello de Aveline con la punta de los dedos, como si examinara basura inmunda.

—Mírate, siempre igual —se mofó Bianca con una risita—. Desaliñada, idéntica a una criada. ¿Sabes? A veces hasta olvido que llevas el apellido Hart. Quizá nunca debiste pertenecer a esta familia.

Una punzada le oprimió el pecho a Aveline. Había escuchado palabras semejantes incontables veces, pero cada puñalada verbal dolía como la primera. No porque Bianca fuera importante, sino porque sus crueldades contaban con el respaldo tácito de toda la casa.

En ese instante, Malcolm salió del estudio. Era evidente que había presenciado la escena. Aveline levantó la vista por puro instinto, buscando sus ojos. Aunque no albergaba grandes esperanzas, una parte de ella aún anhelaba oír a su padre decir: «Basta, Bianca».

La mirada de Malcolm se paseó entre ambas. Vio el trapo húmedo en las manos de Aveline y la sonrisa de triunfo en el rostro de Bianca.

Al final, solo se dirigió a Aveline:

—No hagas esperar a tu hermana. Esta noche tiene visitas importantes; no permitas que tu torpeza la ponga en vergüenza.

Los dedos de Aveline se crisparon con fuerza sobre la tela.

—Entendido, Alfa.

No lo llamó padre. Hacía mucho que había dejado de atreverse. Cada vez que pronunciaba esa palabra, la mirada de Malcolm se volvía gélida, como si ese título en sus labios fuera una ofensa intolerable.

Bianca sonrió complacida. Se inclinó hacia Aveline y susurró con tono mordaz, solo para sus oídos:

—¿Lo ves? Ni sueñes con que alguien vendrá a rescatarte. En esta casa no tienes a nadie.

Cuando Aveline subía las escaleras cargando el vestido de Bianca, se cruzó con Rosalind en el pasillo. Al ver las prendas en sus brazos, su madre frunció el ceño.

—¿Por qué sigues aquí? En la cocina me dijeron que todavía no has cambiado las flores del comedor.

—Bianca me pidió que preparara su vestido primero —explicó Aveline.

El gesto de fastidio de Rosalind se acentuó.

—Entonces date prisa. No hagas las cosas como si te estuviéramos torturando. Tu hermana tiene un compromiso crucial esta noche y todo debe salir perfecto.

«¿Y yo qué?», estuvo a punto de soltar Aveline.

Quería gritar, exigir saber por qué Bianca jamás podía equivocarse mientras que a ella ni siquiera se le concedía el derecho a explicarse. ¿Por qué el vestido, las botas, las joyas y el humor de su hermana valían más que su propio agotamiento?

¿Por qué, perteneciendo a la misma sangre, volcaban todo el cariño en una y la trataban a ella como a una extraña indeseable? ¿Acaso no era su hija?

Pero no dijo nada. Se limitó a bajar la cabeza.

—Entendido.

Rosalind no le dedicó una sola mirada más y se marchó.

Aveline entró en la habitación de Bianca para planchar el vestido, lustrar las botas y acomodar los collares en el joyero. Su hermana se sentó al borde de la cama, observándola trajinar como quien vigila a una sirvienta.

—Cuidado con ese collar, es carísimo.

—No arrugues la tela.

—Te mueves con una lentitud desesperante. Con razón papá no te soporta.

Las manos de Aveline se congelaron un segundo.

Bianca aprovechó de inmediato el gesto, soltando una carcajada satisfecha.

—¿Qué pasa? ¿Acaso miento? Si papá te quisiera, ¿te pondría a hacer estas tareas? Si a mamá le importaras lo más mínimo, ¿dejaría que anduvieras por la casa vestida como una pordiosera?

—Ya tienes lo que querías —murmuró Aveline en voz baja.

—Todavía no. —Bianca se puso de pie y se plantó frente a ella—. Quiero oírte decir que estás a mi servicio por tu propia voluntad.

Aveline alzó la mirada. En lo más hondo de su ser, Emerald lanzó un gruñido sordo. Su loba interior, contenida y dolida tras años de cautiverio en aquel entorno hostil, toleraba las humillaciones incluso menos que ella. Pero Aveline sabía perfectamente el castigo que implicaba cualquier muestra de rebeldía.

—Dilo —presionó Bianca, dando un paso al frente.

Aveline se mordió el labio inferior. Tras unos segundos de agonía, articuló con un hilo de voz:

—Me aseguraré de que todo quede impecable.

A Bianca no le satisfizo la respuesta, pero una voz la llamó desde el piso inferior y no tuvo más remedio que dejarla en paz. Antes de salir, se giró hacia ella con altanería.

—Ni se te ocurra bajar esta noche. Tienes un aspecto tan demacrado que arruinarías la fiesta a cualquiera.

La puerta se cerró de golpe y la habitación quedó sumida en un silencio absoluto.

Aveline permaneció inmóvil largo rato antes de guardar con lentitud la última joya en su estuche. No era la primera vez que la trataban con semejante crueldad; de hecho, así había transcurrido toda su vida. Bianca la mangoneaba, Malcolm lo consentía y Rosalind miraba hacia otro lado. Los demás miembros de la manada, al ver aquel trato, aprendieron a burlarse de ella: los niños la apodaban «la señorita Hart inservible», los jóvenes guerreros la empujaban a propósito en los entrenamientos y las empleadas le cargaban los peores quehaceres. Todos sabían que los líderes jamás moverían un dedo por defenderla.

Regresó a su pequeño y austero cuarto. Aquel espacio distaba mucho de los lujos y la amplitud del dormitorio de su hermana; las cortinas estaban raídas y los muebles eran viejos, pero constituía el único rincón donde lograba resguardarse del mundo.

Desde la planta baja subían las risas de la reunión, entre las que destacaba la voz chillona de Bianca. Aveline se sentó en el borde de su cama, escuchando el bullicio con un vacío insoportable en el pecho.

«Vámonos», le susurró a su loba interior.

Emerald reaccionó al instante. Deseaba correr a campo abierto, huir de aquellas cuatro paredes, de las órdenes, las burlas y el desprecio. Aveline sentía la misma urgencia.

Muy entrada la noche, cuando la mansión quedó por fin en silencio, Aveline se vistió con ropa vieja y saltó con agilidad por la ventana. Conocía de memoria los senderos ocultos para eludir a las patrullas y los rincones que nadie frecuentaba. A medida que se aproximaba a los lindes de la Manada Wolfsbane, el territorio de Silvercrest se volvía desolado. Era una zona peligrosa, pero aquel peligro al menos resultaba honesto: el bosque no fingía ser su familia para clavarle un puñal por la espalda.

Al llegar a la espesura del bosque, liberó a su espíritu lobuno.

En cuanto adoptó su forma animal y el viento gélido acarició su pelaje, sintió que el peso asfixiante sobre su pecho se disipaba por fin. Emerald comenzó a correr, cobrando velocidad a cada salto. Los troncos pasaban veloces a los lados y la luz de la luna salpicaba el suelo de plata. En ese instante, dejaba de ser la criada de Bianca, la hija repudiada de Malcolm o la molestia constante para Rosalind.

Era simplemente libre.

Tras agotar sus fuerzas, Aveline se detuvo junto a un arroyo que conocía bien. Retomó su forma humana, se puso la ropa vieja que guardaba escondida bajo una roca y trepó a un árbol robusto. Solía acudir a esa rama para contemplar la línea fronteriza a lo lejos, fingiendo que todavía le quedaba alguna salida en la vida.

Sin embargo, esa noche el bosque albergaba a otros visitantes.

A poca distancia resonaron pasos sobre las hojas secas, acompañados por risas cómplices entre un hombre y una mujer. Aveline se quedó rígida y contuvo la respiración por instinto. Creyó que se trataba de una patrulla y se dispuso a ocultarse mejor entre el follaje, pero de pronto reconoció una voz.

—Te dije que aquí no vendría nadie —susurró Bianca con tono coqueto—. Todos le tienen pavor a la Manada Wolfsbane.

Una risa masculina respondió en voz baja.

A Aveline se le cayó el alma a los pies.

Callum Pierce emergió de entre las sombras del sendero. Bianca caminaba pegada a él, sosteniéndole el brazo con naturalidad afectuosa.

Las uñas de Aveline se clavaron en la corteza del árbol. Callum jamás le había prometido nada formal, pero en el pasado le había sonreído con calidez e incluso le había alcanzado una toalla tras una ardua jornada de entrenamiento. Aquellos pequeños gestos de amabilidad, tan escasos en su desdichada existencia, se habían transformado en un amor secreto e inconfesable.

Bianca se recostó contra el hombro de Callum con tono meloso.

—¿Ves? Te aseguré que este sitio era perfecto para vernos a solas.

—Siempre has sido muy audaz —respondió Callum.

—Por supuesto —rió Bianca—. ¿Cómo va a tenerle miedo al bosque la futura Luna?

A Aveline se le cortó el aire. Antes de que pudiera asimilar el motivo de aquel encuentro clandestino, el viento cambió de dirección bruscamente.

Una fragancia intensa y abrumadora le invadió el pecho.

Era un aroma cálido, nítido e inconfundible.

Dentro de su alma, Emerald alzó la cabeza de golpe y emitió un llamado que no requería palabras terrenales para comprenderse.

Compañero predestinado.

Aveline quedó paralizada en la rama, clavando la mirada en Callum bajo los árboles. El hombre que amaba en secreto, aquel que soñó que algún día la miraría con ternura, estaba allí abajo entregado a Bianca.

Y el destino, en un acto de suprema crueldad, le revelaba en ese preciso instante que él era su compañero predestinado.

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