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El arrepentimiento del Alfa: La Luna es la heredera secreta

El arrepentimiento del Alfa: La Luna es la heredera secreta

Última actualización: 2026-07-20 04:20:00
Idioma:  Español0+
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Informe

Sinopsis

Al cumplir tres años de relación con su novio Alfa, Theodore Gallardo, Arabella Heredia descubre una dolorosa verdad: durante todo ese tiempo solo ha sido la sustituta de su antiguo amor, Isolde Urquiza. Sin titubear, Arabella rompe lazos, renuncia a su vida en Ciudad Portuaria y regresa al seno de la Manada Heredia para recuperar las riendas de su destino, pactando una alianza en condiciones de absoluta igualdad con Cassian Castro, el heredero de la Manada Castro. Al volver a su territorio, Arabella enfrenta una conspiración que cuestiona su sucesión, la desaparición de archivos clave y el enigma tras la muerte de su madre Vivienne Heredia. Junto a Cassian, emprende una peligrosa travesía hacia el norte, donde halla a su hermana gemela Evelyn Heredia, cautiva de la Familia Lozano y portadora del mismo linaje de luna doble. Enfrentadas a los oscuros experimentos liderados por Alistair Lozano, su tío Ronan Heredia bajo el alias R, y Marianne Urquiza, ambas hermanas lucharán para desmantelar las cadenas del pasado y forjar un nuevo orden donde la soberanía y el amor verdadero no exijan sumisión.


Capítulo1

Arabella Heredia terminó de preparar la sopa antes de las seis de la tarde.

Bajó el fuego al mínimo y se quedó unos minutos observando la olla desde la puerta de la cocina.

Últimamente, Theodore Gallardo se quejaba sin cesar de la falta de apetito.

Para ayudarlo a sentirse mejor, ella le había pedido al médico algunas hierbas medicinales para añadirlas al caldo y cuidó que el sabor quedara suave y ligero. A lo largo de tres años, se había acostumbrado a recordar cada pequeño detalle por él.

Recordaba que no le gustaba el café demasiado dulce, que solía tener migrañas antes de las reuniones importantes y que el insomnio lo atormentaba hacia finales de cada mes.

Llevar la cuenta de esas minucias jamás le había parecido una carga; cuidar al hombre que amaba era, en sí mismo, una dicha.

Y lo más importante: hoy cumplían tres años de relación.

Arabella había reservado mesa en un restaurante con mucha antelación, pero por la tarde recibió un mensaje de Theodore:

«Surgió una cena imprevista esta noche y puede que llegue tarde. No me esperes».

Una sola frase. Sin explicaciones, sin disculpas.

En el pasado, lo primero que habría hecho habría sido preguntarle si ya había comido, para luego cancelar la reserva y pedir la cena a domicilio. Se habría convencido de que Theodore estaba demasiado atareado con el trabajo como para acordarse de la fecha. Incluso le habría preparado una justificación convincente para facilitarle las cosas cuando volviera a casa.

Sin embargo, hoy no tenía ganas de hacer nada de eso.

Aun así, preparó la sopa. Quizás por la fuerza de la costumbre o tal vez porque todavía no estaba lista para admitir que, en esa relación, ella siempre había sido alguien prescindible.

Vertió el caldo en un termo, se puso un vestido largo de color gris claro y tomó las llaves del auto.

Antes de cruzar la puerta, miró el regalo sobre la mesa.

Era una pluma estilográfica negra.

Theodore pasaba los días firmando documentos, y ella había buscado durante semanas hasta dar con una que se adaptara a la perfección a su agarre. No eligió un objeto ostentoso, convencida de que lo verdaderamente valioso radicaba en la utilidad y el afecto puesto en el detalle.

Cuando condujo hacia la Mansión Luz de Luna, la noche ya había caído.

Las farolas sobre los puentes elevados de Ciudad Portuaria se encendían una tras otra, mientras la multitud se apresuraba tras los cristales del coche.

Arabella sujetó el volante con firmeza, esforzándose por mantener la calma.

Se repetía que solo iba a llevarle la sopa y a entregarle el obsequio. Que no pudiera cenar con ella no significaba que no le importaran los tres años que llevaban juntos. Solo aferrándose a esa idea conseguía seguir adelante.

Al verla en la entrada, el mayordomo de la Mansión Luz de Luna no pudo ocultar un gesto de incomodidad.

—Señorita Heredia, bienvenida.

—¿Está Theodore?

—El joven amo está en la sala, pero se encuentra ocupado con una visita.

El mayordomo bajó la cabeza de inmediato.

Arabella notó que sus dedos frotaban discretamente el borde de su chaqueta, un tic involuntario de quien intenta ocultar algo. Antes no le habría dado importancia, pero en las últimas semanas Theodore estaba cada vez más distante y la gente a su alrededor la esquivaba. Al no comprender qué ocurría, lo atribuía a asuntos de los clanes.

—Solo le dejaré la sopa y me iré —dijo ella.

—¿Desea que le anuncie su llegada?

—No hace falta, entraré yo misma.

Se dirigió hacia la sala. Antes de abrir la puerta, las voces que provenían del interior la obligaron a detenerse.

Nathaniel Pierce soltó una risa.

—¿De verdad piensas ir a recibirla?

—Acaba de aterrizar. No estaría bien que no fuera —respondió Theodore.

Arabella se quedó inmóvil en el pasillo, apretando el asa del termo. Escuchó aquel nombre conocido, incapaz de procesarlo al instante.

Nathaniel rio de nuevo.

—Isolde Urquiza se marchó durante años y tú seguiste esperando por ella. Ahora que regresa de repente, está claro que no puedes dejar que piense que ya tienes a otra.

La sala quedó en silencio unos segundos.

Theodore no lo desmintió al instante.

Fue esa breve vacilación la que despertó en Arabella una punzada de angustia antes que de ira. Deseaba con desesperación oírlo decir «no digas tonterías» o «Arabella no es el reemplazo de nadie». Le bastaba una sola frase para convencerse de que solo se trataba de una broma entre amigos.

Sin embargo, cuando Theodore habló, su voz sonó baja y apagada:

—Arabella no es como ella.

La mano de Arabella, que se había aflojado un poco, volvió a tensarse.

—¿En qué no se parece? —preguntó Nathaniel, con curiosidad.

—Arabella no complica las cosas. Es tranquila, sensata, y nunca me interroga sobre adónde voy. Estar con ella resulta muy cómodo.

—¿Cómodo? —Nathaniel pareció divertirse con la respuesta—. ¿Mantuviste a una mujer a tu lado durante tres años solo porque te resulta cómodo?

Theodore no respondió.

Esta vez, el silencio se prolongó aún más.

Arabella bajó la mirada hacia el termo en sus manos. El calor que emanaba de él parecía desvanecerse poco a poco.

Nathaniel no lo dejó en paz:

—Cuando te acercaste a ella en un principio, ¿no fue justamente porque se parecía a Isolde? Sus ojos, su voz, e incluso esa forma de ser tan complaciente. La primera vez que la viste, dijiste que era idéntica a la mujer de tus recuerdos.

A Arabella le empezó a zumbar el oído.

Recordó aquella noche lluviosa de hacía tres años. Acababa de salir del bufete de abogados y se resguardaba del aguacero en una cafetería junto a la calle. Theodore se sentó frente a ella y le preguntó si podía prestarle su paraguas. Al día siguiente, le envió un ramo de rosas blancas con una nota que decía que sus ojos le recordaban a alguien muy importante.

En aquel entonces, ella pensó que era un gesto romántico. Ahora comprendía que aquellas palabras no eran un cumplido, sino la verdadera razón por la que la había elegido.

—Al principio sí fue por eso —admitió Theodore.

La respiración de Arabella se cortó.

—¿Y ahora? —insistió Nathaniel—. ¿La amas?

—No. Jamás le he dicho que la amo.

Aquella declaración fue más cruel que cualquier otra confesión.

En el pasillo, un frío glacial recorrió las manos y los pies de Arabella. Pensó que irrumpiría en la sala para exigirle explicaciones a Theodore, para preguntarle por qué la había engañado y si durante esos tres años la había considerado su verdadera compañera en algún instante. Sin embargo, el valor la abandonó; temía seguir escuchando.

Nathaniel bajó la voz:

—Sabes perfectamente que ella va en serio contigo. ¿Por qué no se lo dejaste claro antes?

—Ella necesitaba estabilidad y yo necesitaba compañía. Además, nunca me preguntó nada.

—¿Y por eso la mantuviste a tu lado?

—Ella se quedó por su propia voluntad. Jamás la obligué.

—Pero tampoco le dijiste que solo era la sombra de Isolde.

El silencio volvió a adueñarse de la sala.

Tras una pausa, Theodore murmuró:

—No quería lastimarla.

Nathaniel soltó una risa fría:

—No querer lastimarla y no poder lastimarla son dos cosas muy distintas.

Arabella cerró los ojos.

Siempre había creído que a Theodore le costaba expresar sus sentimientos y que por eso descuidaba lo que ella esperaba de él. Buscó mil justificaciones para su frialdad: el trabajo, la familia, su temperamento e incluso viejas heridas del pasado. Ahora entendía que la verdad era mucho más simple.

Él, sencillamente, no la amaba.

La manija de la puerta se movió con un leve crujido; alguien se disponía a salir.

Por puro instinto, Arabella retrocedió un paso y se dirigió hacia la salida lateral. No entró en la sala ni permitió que Theodore la viera. Sabía que, si lo confrontaba en ese instante, él saldría tras ella para justificarse. Le diría que había bebido de más o que Nathaniel había malinterpretado sus palabras. Quizá la rodearía con los brazos, como hacía cada vez que la veía triste, pidiéndole que se calmara.

Y era muy probable que, ante ese abrazo, ella volviera a engañarse a sí misma para permanecer a su lado.

No pensaba darse otra oportunidad para cometer ese error.

Al llegar al pórtico exterior, el teléfono vibró en su bolsillo. Era un mensaje de Theodore:

«¿Ya llegaste? Puede que tenga que salir un momento esta noche».

Arabella contempló la pantalla durante un largo rato.

Él no sabía que ella había estado al otro lado de la puerta ni que lo había escuchado todo. Mucho menos recordaba que hoy era su tercer aniversario.

Escribió una respuesta escueta: «Surgió algo, me tuve que ir».

Theodore tardó apenas unos segundos en replicar: «¿Qué pasó?».

Ella no volvió a contestar.

Afuera, la lluvia comenzaba a caer con fuerza.

Arabella subió al auto, pero no arrancó de inmediato.

Recordó que, cada vez que le llevaba sopa, Theodore solía decirle: «Gracias por tu esfuerzo». A veces le besaba la frente; otras, la estrechaba entre sus brazos. Ninguno de esos momentos había sido falso, pero su significado distaba mucho de lo que ella había imaginado.

Condujo hasta la orilla del río, el lugar donde habían tenido su primera cita.

Aquel día, Theodore se había parado bajo el puente para resguardarla del viento y le había prometido que, cuando tuvieran oportunidad, la llevaría a contemplar la luz de la luna en el territorio norteño.

Arabella permaneció largo tiempo sentada junto a la orilla. Quería llorar, pero las lágrimas se negaban a salir.

Tres años de relación no se borraban con una sola discusión. Su cuerpo aún recordaba el aroma de él, sus hábitos seguían sincronizados con su rutina, e incluso al ver cierta taza de café pensaba en él de manera involuntaria. No obstante, tenía muy claro que lo que realmente destruía la dignidad no era amar a la persona equivocada, sino saberse un reemplazo y aun así cerrar los ojos, rogando por permanecer a su lado.

No podía volver.

Una vez tomada esa determinación, el resto de las decisiones se aclararon en su mente.

Tenía que marcharse de Ciudad Portuaria.

Debía regresar a la Manada Heredia.

Quizá había llegado el momento de aceptar el compromiso matrimonial que su padre había arreglado años atrás y asumir ese nombre del que una vez intentó huir: Cassian Castro.

Arabella sacó el teléfono y marcó un número al que hacía mucho tiempo no llamaba.

El tono sonó varias veces antes de que alguien descolgara.

—¿Arabella?

La voz de Edmund Heredia sonaba mucho más envejecida.

Ella tardó unos segundos en responder. En los últimos tres años había querido hacer esa llamada en incontables ocasiones, pero siempre temió que su padre le preguntara si era feliz. No quería admitir que no había encontrado la dicha que imaginaba, y mucho menos que su familia se enterara de que la habían tratado como a una sustituta.

Pero ahora ya no le quedaba ningún otro refugio.

—Padre —dijo al fin—, quiero volver a casa.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto. Edmund no le preguntó qué había ocurrido; solo dijo:

—Enviaré a alguien por ti.

—No hace falta. Regresaré por mi cuenta.

—Arabella, ¿estás en problemas?

—Solo... lo he pensado bien.

Arabella alzó la vista hacia las aguas oscuras del río.

—Aquel compromiso con Cassian que propusiste en su momento... tal vez era lo más adecuado para mí. Ahora estoy dispuesta a reconsiderarlo.

La respiración de Edmund se volvió notablemente pesada.

—¿Nadie te está forzando a esto?

—Nadie.

—¿Tampoco lo haces por despecho hacia alguien?

Arabella guardó silencio un instante antes de contestar:

—No quiero seguir poniendo mi futuro en manos de alguien que no me ama.

Edmund no insistió más.

Tras colgar, Arabella abrió la ventana de chat con Cassian. La última conversación databa de dos meses atrás; Cassian solo le había enviado una breve línea: «Si alguna vez deseas regresar a casa, avísame con tiempo».

Ella tecleó: «He decidido volver a la Manada Heredia».

A los pocos minutos llegó la respuesta de Cassian: «De acuerdo. Tu habitación siempre ha estado lista».

Sin reproches, sin indagaciones y sin preguntarle qué había pasado con Theodore.

Al leer esas palabras, los ojos de Arabella por fin se humedecieron.

En ese preciso instante, la pantalla del teléfono volvió a iluminarse. No era un mensaje de Cassian, sino una notificación sincronizada en su dispositivo.

Se trataba de la cuenta privada de mensajería de Theodore. Durante los últimos tres años, él le había otorgado acceso a ciertos dispositivos para que lo ayudara a gestionar archivos de trabajo.

El mensaje provenía de Isolde Urquiza:

«Ya he llegado a Ciudad Portuaria. Theodore, vendrás a recibirme al aeropuerto en persona, ¿verdad?».

Arabella contempló la pantalla y comprendió que ninguno de los silencios de esa noche había sido casualidad.

Desactivó la notificación y dejó el teléfono sobre su regazo.

Luego, mirando hacia la superficie del agua, murmuró en un susurro:

—Theodore, nadie va a esperarte nunca más.

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