Sinopsis
Beatriz Blanco ha pasado cuatro años como una sombra en su propio hogar, sirviendo como el cruel reemplazo de una mujer muerta. Alejandro Quintanar-Valdivia, el hombre al que ama con desesperación, la culpa por la pérdida de su primer amor y la somete a un infierno de frialdad y desprecio.
Cuando los secretos del pasado emergen y la tragedia golpea lo más preciado de su vida, Beatriz deberá decidir si seguir luchando por un amor que solo le ha traído dolor o encontrar la paz en la destrucción definitiva. Una historia de rencor, sacrificio y una redención que llega demasiado tarde.
Capítulo1
Su cabeza se estrelló contra la lápida. La sangre comenzó a deslizarse sobre las letras talladas que formaban el nombre de Camila Castillo, tiñendo el frío mármol. Beatriz Blanco sentía que el mundo le daba vueltas; su vestido largo estaba hecho jirones y su piel gritaba bajo las marcas de una violencia reciente y brutal.
Apenas unos días atrás, se creía la mujer más afortunada del mundo. Había cumplido su sueño: casarse con Alejandro Quintanar-Valdivia.
Pero todo se desmoronó en el instante en que Camila Castillo bebió aquella copa de vino que ella misma le había servido. Desde entonces, su vida se convirtió en un infierno.
—¡Maldita seas! ¡Ya conseguiste obligarme a casarme contigo! ¡¿Por qué tuviste que matar a Camila?! ¡¿Por qué?!
La voz, cargada de una crueldad gélida, restalló a sus espaldas. De pronto, una mano enorme le atenazó el cabello con fuerza, tirando de ella hacia atrás hasta que su cuello estuvo a punto de romperse.
Antes de que pudiera siquiera sollozar, el hombre volvió a sujetarla con furia y la estampó una vez más contra la piedra.
El dolor era insoportable. Beatriz sentía un zumbido ensordecedor en los oídos y la visión se le nublaba, pero el golpe había sido tan seco que ni siquiera pudo gritar. Tampoco sabía qué decir a estas alturas.
¿Serviría de algo repetir que ella no había usado al bebé para forzar el matrimonio? Ella quería interrumpir aquel embarazo accidental, pero don Gustavo, el abuelo de Alejandro, se enteró y fue él quien lo obligó a pasar por el altar.
¿O acaso le creería si decía que no mató a Camila? No tenía la menor idea de cómo terminó aquel veneno en la copa.
Cuando aún tenía fuerzas para llorar, se lo había repetido una y otra vez. Pero Alejandro no la escuchaba. Para él, ella no era más que una mujer calculadora, retorcida y despiadada.
—¿Crees que por haber matado a Camila voy a amarte? ¡Sigue soñando!
Finalmente, el cañón helado de una pistola se apoyó contra la frente de Beatriz. La voz del hombre era aún más dura y cortante que el metal.
—Voy a hacer que pagues con tu vida... ¡y con la de ese bastardo que llevas dentro!
—¡No...!
Un sonido roto escapó de su garganta desgarrada. Las lágrimas, que parecían haberse agotado, volvieron a brotar de sus ojos secos. —A mi hijo no... ¡No le hagas daño a mi hijo!
Al verla suplicar, una sonrisa sádica se dibujó en el apuesto rostro de Alejandro Quintanar-Valdivia.
—No mereces dar a luz a un hijo mío. ¡Muérete!
—¡Detente!
En el último segundo, un anciano apareció corriendo, fuera de sí.
—¡Alejandro, ¿te has vuelto loco?! ¡Beatriz está embarazada! ¡¿Piensas hacer que muera para acompañar a esa sirvienta en la tumba?!
Para don Gustavo, Camila Castillo no era más que la hija del antiguo mayordomo de la familia. Alguien sin importancia, una empleada más.
Las palabras del abuelo hicieron que una vena palpitara con furia en la frente de Alejandro. —¿Ha matado a alguien y no debe pagar por ello?
—¡Mentira! —Don Gustavo se interpuso entre ambos, protegiendo a la mujer—. ¡La policía aún no ha dicho nada! Además, pongo la mano en el fuego por ella; Beatriz no es capaz de algo así. ¡Lo de esa chica es muy extraño! Si vuelves a tocar a Beatriz o al niño, ¡te juro que me las pagarás!
Sin esperar respuesta, el anciano ordenó a sus hombres que levantaran a la joven, que estaba cubierta de heridas.
La pobre muchacha, a pesar del castigo recibido, se encogía protegiéndose el vientre con desesperación. Llevaba más de una década amando a Alejandro, queriéndolo más que a su propia existencia. ¿Cómo iba a ser capaz de asesinar a la mujer que él amaba?
Mientras se la llevaban, Beatriz mantuvo sus ojos hinchados y amoratados fijos en Alejandro. «Créeme solo esta vez», imploraba en silencio, «de verdad no lo hice».
Alejandro sostuvo su mirada sombría y, de repente, enfundó el arma con una risa gélida.
—¿Crees que ese niño será tu salvoconducto para siempre?
Se acercó a ella y, con una voz que sonó como una sentencia de muerte, susurró: —Tarde o temprano, haré que entregues tu vida por la de Camila.
Al oír aquellas palabras, algo terminó de romperse en el alma de Beatriz, y se desmayó sumida en la angustia.
«No hice nada... ¿Por qué no me crees? Alejandro... tú no eras así...»
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Últimos capítulos
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