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Matrimonio Oculto: El Heredero Implacable

Matrimonio Oculto: El Heredero Implacable

Última actualización: 2026-08-22 07:10:25
By: Coral
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Sinopsis

Lucía Gallardo, una joven con un don ancestral para la medicina, es arrancada de su humilde aldea por Adrián Maldonado, el gélido y despiadado heredero de un imperio empresarial. Atrapada en un matrimonio secreto por una deuda de honor, Lucía deberá sobrevivir a las intrigas de la alta sociedad mientras oculta sus verdaderas habilidades y un embarazo que podría cambiar el destino de las familias más poderosas del país.


En un mundo de lujos, traiciones y pasiones prohibidas, ¿podrá el amor florecer entre una sanadora de espíritu indomable y un hombre que solo conoce el control?


Capítulo1

La luz del alba se filtraba a través de las cortinas translúcidas y bañaba de resplandor la lujosa cama de la habitación.

En medio del colchón había un pequeño bulto que, al cabo de un momento, comenzó a moverse. Poco después, una cabecita de cabello oscuro asomó lentamente entre las sábanas.

Lucía Gallardo dejó escapar un leve gemido. Al abrir los ojos, la intensidad de la luz la obligó a cerrarlos de inmediato, aunque no tardó en intentarlo de nuevo.

Lo primero que vio fue un techo de un blanco inmaculado, tan deslumbrante y frío que abrió los ojos de par en par. Al instante siguiente, se incorporó de un salto.

—Ah...

Sin embargo, a mitad del movimiento, una mueca de dolor le contrajo el rostro. Con el cuerpo rígido, volvió a caer sobre el colchón, que se hundió bajo su peso antes de recuperar su forma con un leve rebote.

¿Qué había pasado? ¿Por qué sentía tanto malestar físico?

Las pestañas de Lucía temblaron con rapidez y una capa de humedad veló sus ojos cristalinos.

¿Dónde estaba? ¿Y su abuelo?

—Si ya despertaste, deja de fingir que estás muerta.

La voz gélida llegó desde la derecha, cargada de una furia apenas contenida. Aquellas palabras cayeron sobre la mujer aturdida como cuchillas de hielo.

Lucía se estremeció violentamente y se sentó, asustada. El dolor le torció el rostro ante la brusquedad del movimiento, mientras sus ojos redondos buscaban frenéticamente el origen de la voz junto a la puerta.

Allí estaba un hombre de figura esbelta y porte imponente. Vestía una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos, dejando a la vista unos músculos firmes. Su cabello, algo largo, le caía sobre las cejas pobladas, pero no lograba ocultar sus ojos rasgados y penetrantes. Sus labios finos estaban apretados en una línea recta, delatando su evidente irritación.

Lucía no tuvo tiempo de reparar en lo atractivo que era; el aturdimiento del despertar se disipó de golpe cuando los recuerdos del día anterior la asaltaron como una marea.

—Tú... tú...

Estaba muerta de miedo. Sus dedos se aferraron con fuerza al suave edredón y sus ojos, como los de un conejo asustado, se enrojecieron al instante.

—¿Por qué me has traído aquí? ¿Dónde está mi abuelo?

Aquel hombre era el mismo que ayer, sin mediar palabra, la había sacado a la fuerza de su aldea. Le había prometido llevarla con Diego Gallardo, pero antes de que pudiera verlo, la había arrastrado hasta este lugar e incluso había intentado propasarse con ella.

El apuesto rostro de Adrián Maldonado sufrió un ligero tic.

Ahí estaba otra vez. La noche anterior había sido igual: lloraba como un animalito indefenso mientras lo golpeaba. Sintió que el dolor de la frente regresaba.

—¿Te has vuelto adicta a interpretar el papel de conejito? —soltó Adrián con impaciencia.

Anoche ya había mostrado su verdadera naturaleza, ¿acaso creía que todavía podía engañarlo?

—¿Co... conejito? —Al notar su desagrado, Lucía encogió el cuello y lo miró con los ojos muy abiertos, totalmente desconcertada.

Adrián frunció sus elegantes cejas y señaló su propia frente con un dedo de nudillos marcados. Su tono era sombrío.

—¿O es que ya olvidaste lo que hiciste ayer? ¿De verdad crees que volveré a tragarme el cuento de que eres una mujer débil?

Pronunció las palabras «mujer débil» entre dientes, cargándolas de un sarcasmo punzante.

Lucía miró su mano con confusión. Tenía unos dedos hermosos; jamás había visto unas manos tan blancas y limpias. De pronto, siguiendo la dirección de su dedo, vio la frente de él. En el borde, medio oculto por el cabello oscuro, se apreciaba el rastro de un hematoma amoratado.

La escena de la noche anterior regresó a su mente. Ella le había asestado un puñetazo contundente justo ahí.

Le lanzó una mirada cautelosa y apartó la vista de inmediato. Las lágrimas acumuladas en sus ojos formaron gotas gruesas que amenazaban con caer al menor parpadeo.

—Tú empezaste... No fue mi intención golpearte.

Su voz sonaba cargada de angustia y remordimiento. Realmente no lo había hecho a propósito; simplemente reaccionaba por instinto cuando se sentía atacada, no podía evitarlo.

—¿Que yo empecé? —Adrián apretó los dientes, con sus ojos oscuros y profundos convertidos en dos pozos de hielo—. Deberías estar agradecida de que no te rompiera la mano cuando me tocaste.

La frialdad en su mirada era casi tangible, como un balde de agua helada que dejó a Lucía tiritando por dentro y por fuera.

Se encogió de hombros, ovillándose sobre sí misma, y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas una tras otra.

—Qué malo eres, me das miedo... Quiero ver a mi abuelo.

Aquel hombre le había prometido que la llevaría hasta él.

Lo miró fijamente, irguió la espalda y, reuniendo todo su valor, preguntó:

—¿Dónde está mi abuelo?

La frialdad en los ojos de Adrián se intensificó y sus puños se cerraron con fuerza. Tras un largo silencio, relajó las manos y señaló hacia el baño.

—Si quieres verlo, cámbiate de ropa y arréglate. —Miró su reloj de pulsera y frunció el ceño con impaciencia—. Tienes tres minutos.

En cuanto Lucía oyó que podría ver a su abuelo, olvidó el miedo que le inspiraba aquel hombre y el malestar de su cuerpo. Se levantó rápidamente y corrió en la dirección que él le había indicado.

¡Pum!

El sonido de algo golpeando pesadamente contra el cristal resonó en la habitación silenciosa.

—Ay... —Lucía se frotó la rodilla mientras aspiraba aire con dificultad. El dolor le provocó un mareo momentáneo.

A Adrián se le revolvió el ánimo de pura irritación. Incapaz de soportar más sus torpezas, se acercó a ella a grandes zancadas, la agarró por el cuello de la blusa y la arrastró sin la menor delicadeza hasta el lavabo.

Al soltarla, Lucía perdió el equilibrio y, presa del pánico, se aferró a su brazo para mantenerse en pie.

—¡Cof, cof, cof!

La presión en el cuello la había dejado sin aire; al liberarse, estalló en una tos violenta que le enrojeció el rostro.

Cuando logró calmarse un poco, levantó la vista y se topó con la expresión sombría del hombre. Él tenía el ceño fruncido y miraba con absoluto asco la mano de ella que aún sujetaba su antebrazo.

—¡Suéltame!

La mirada de Adrián era letal y su voz sonó más cortante que nunca.

Lucía se estremeció ante el tono gélido. Retiró la mano de golpe y saltó hacia atrás como un conejo asustado, intentando poner la mayor distancia posible entre ambos.

—Ay...

Su espalda chocó contra el borde del lavabo. El dolor punzante regresó y sus ojos se enrojecieron de nuevo al instante.

«Es tonta de remate», pensó él.

Adrián respiró hondo varias veces, intentando reprimir la furia que le hervía en el pecho. Desde que aquella mujer había irrumpido en su vida, no había dejado de poner a prueba su paciencia.

—Lávate los dientes, rápido —le ordenó. Al ver su expresión de pánico, entrecerró los ojos—. ¡No me digas que también eres capaz de lastimarte al cepillarte los dientes!

Lucía se sentía profundamente agraviada. No quería lastimarse, pero en aquel lugar había demasiadas cosas que nunca había visto y no conocía bien el entorno.

Tras lavarse los dientes y la cara, Lucía se disponía a salir cuando sintió de nuevo un tirón en el cuello. Soltó un grito de sorpresa.

—¿Qué haces? Puedo caminar sola.

—¿Caminar sola? ¿Para volver a estamparte contra el cristal? —bufó Adrián. No tenía tiempo que perder con ella.

—Fue... fue un descuido —murmuró Lucía mientras intentaba apartar la mano de él para detenerlo—. Ese cristal está tan limpio que es imposible verlo.

Adrián ignoró sus excusas, la llevó hasta la cama y la soltó como si fuera un estorbo. Luego sacó un vestido del armario y lo arrojó sobre el colchón.

—¡Póntelo!

Lucía se incorporó de inmediato y tomó el vestido para examinarlo. El diseño, que a su parecer escatimaba demasiado en tela, la puso en un aprieto. Miró a Adrián con cautela.

—¿Puedo ponerme otra cosa?

—¿Quién te crees que eres para andar con exigencias? —replicó él con sarcasmo.

Lucía se mordió el labio.

—Entonces devuélveme mi ropa.

—Ni lo sueñes. Como señora Maldonado, ¡no volverás a vestir esa basura nunca más!

Adrián le lanzó una advertencia severa, recordando con desprecio aquellas prendas que carecían del menor sentido de la estética.

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