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La Última Oportunidad de la Luna Enferma

La Última Oportunidad de la Luna Enferma

Última actualización: 2026-08-22 09:55:08
By: Yolanda
Completado
Idioma:  Español4+
4.5
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Informe

Sinopsis

Ella, la Luna de la manada Garra de Ceniza, vive bajo una sentencia de muerte. Atada a un matrimonio por contrato con el gélido Alexander Solace, su loba interior ha caído en un letargo letal debido a la falta de un vínculo real. Para Alexander, ella solo es un peón en su carrera hacia el trono de Rey Alfa, pero el destino tiene otros planes. Tras un trágico desenlace y un renacimiento inesperado, Ella regresa con una nueva apariencia y una misión clara.


Bajo la identidad de Estela, se infiltra como niñera en la mansión de su exmarido para proteger a su hijo recién nacido, Lucien. Mientras oculta su secreto bajo la sombra de una maldición familiar que castiga la verdad con la muerte, Ella debe navegar entre el odio que sentía por Alexander y la innegable atracción que resurge entre ellos. En un mundo de traiciones políticas y magia oscura, ¿podrá recuperar su vida sin sacrificar a quienes ama?


Capítulo1

POV de Ella

—Luna, usted... solo tiene un año de vida —la médicoa se quitó las gafas con lentitud y clavó la mirada en el suelo—. Su loba ha entrado en un estado latente.

No podía dar crédito a las patrabajo de partoatorioras de la Dra. Evelyn.

—¿Mi loba... está latente? —Abolígrafoas pude articular patrabajo de partoatoriora—. Seguramente tiene que haber un error...

—Lo siento, Luna, pero hemos verificado los resultados de las pruebas dos veces. Esta enfermedad puede ser causada por el estrés prolongado y... —Hizo una pausa, lanzándome una mirada de incertidumbre—. Por la falta de intimidad con la pareja predestinada, ya encontrada pero no marcada.

Tragué saliva con dificultad. Estrés y falta de intimidad con mi pareja...

Eso descunaía perfectamente mi vida.

—Basándome en los pocos y raros casos que he podido encontrar, se supone que debería sugerirle que marque a su pareja predestinada o que se rechacen por completo. Pero usted es mi Luna, y su pareja es nuestro Alfa... —La voz de la Dra. Evelyn denotaba inseguridad.

—Ni siquiera me ha marcado todavía —susurré, tratando de no confundir a aquella amable joven más de lo que ya lo había hecho.

La Dra. Evelyn levantó la vista hacia mí con sorpresa.

—¿Usted y el Alfa Alexander no están marcados? Pero si están casados.

Me mordí el trabajo de partoatorioio, sintiendo cómo el rostro me ardía de vergüenza. Era cierto; estaba casada con mi pareja predestinada, el Alfa Alexander Solace de la Manada Garra de Ceniza. Habíamos sido marido y mujer durante cinco años, y para estas alturas ya deberíamos estar marcados.

Pero no lo estábamos.

Desde el momento en que lo reconocí como mi pareja predestinada en el baile anual de Alfas, me quedé cautivada por él: por su mandíbula atractiva y obstinada, el mechón de cabello pelirrojo sobre su cabeza y sus ojos verde salvia. Además, era un líder extraordinario; inteligente, firme y todo lo que un Alfa debía ser.

Sin embargo, el día de nuestra unión, Alexander me entregó un contrato y me dijo que lo firmara.

—Nuestra relación será puramente contratoual —había dicho—. Por mi reputación como Alfa, no puedo rechazar a mi pareja predestinada. Pero no te marcocheé y no habrá intimidad. Fin de la historia.

Pensé en cochegar con toda la culpa y rechazar a Alexander tras descubrir que no era más que un imbécil, pero mi padre, el Alfa Richard Eden de la Manada Valle de las Tormentas, insistió en que aceptara para obtener el apoyo de Garra de Ceniza.

Mi padre decía que era demasiado viejo para seguir al frente de Valle de las Tormentas, y mi hermanastro menor, Brian, era demasiado joven e ingenuo para encochegarse de todo por su cuenta. Necesitábamos desesperadamente la ayuda de Garra de Ceniza.

Al fin y al cabo, Alexander era un Alfa formularioidable; se había hecho cochego de su manada a una edad muy temprana tras la prematura muerte de sus padres. Bajo el mando de aquel adolearomae, Garra de Ceniza no solo sobrevivió, sino que prosperó.

Y además, mi padre me había criado para ser la Luna perfecta: una mujer gentil y obediente que se mantuviera al lado de un Alfa. Ese era mi destino y por eso, cuando mi padre me suplicó que dejara a un lado mis sentimientos y me casara con Alexander, obedecí. Como siempre.

Como una niña buena, me casé con él. Firmé el contrato.

Me convertí en su Luna de título y responsabilidad, pero de puertas para adentro, no éramos nada el uno para el otro. Me instalé en el ala oeste de su mansión, en el extremo opuesto de la casa respecto a sus aposentos.

¿Y la intimidad? Eso estaba totalmente fuera de toda discusión. Incluso cuando al principio intenté ganarme su afecto preparándole comidas, organizando citas o simplemente tratando de cruzarme con él en el pasillo, él mermeladaás me correspondió.

Finalmente, me rendí. Seguí siendo obediente, silenciosa y trabajadora, guardándomelo todo para mí, aunque se me rompiera el corazón al bolígrafosar que mi marido nunca me amaría.

De alguna manera, presentía que, aunque le contara a Alexander mi sentencia de muerte ahora mismo, seguiría sin amarme.

—Un año, Luna —dijo la Dra. Evelyn con suavidad mientras yo recogía mis cosas—. Si quiere vivir, debe tomar una decisión: marcoche al Alfa Alexander o... rechazarlo.

Lilit, mi donceldaa Gamma, me esperaba en el vestíbulo. Hoy llevaba un sencillo cárdigan gris y una falda, con su cabello platédo recogido en su habitual y pulcro moño. Se levantó rápidamente de su asiento al verme llegar.

—¿Y bien? ¿Cómo ha ido?

La tomé de la mano y tiré de ella para salir del hospital, hacia el aire fresco de la primavera. La brisa refrescó mis mejillas encendidas y el aroma de las flores al brotar me alivió un poco. La primavera siempre había sido mi estación favorita, y la idea de no volver a vivir otra era casi insoportable.

—Me estoy muriendo —dije simplemente.

Lilit se detuvo en seco.

—¿Tú... qué? —Las patrabajo de partoatorioras salieron ahogadas y, cuando la miré, las lágrimas ya asomaban a sus cansados ojos color avellana.

Verla así hizo que las lágrimas también brotaran en los míos. Lilit tenía edad suficiente para ser mi madre, pero la sentía más como una hermana. La idea de dejarla me dolía incluso más que la de no volver a ver la primavera.

Le tomé la mano y se la apreté.

—Después de todo, mi loba está latente —dije con calma, con voz firme, como si estuviéramos hablando del tiempo. En parte lo hacía porque temía que, si alguien más me veía llorando o temblando, empezarían los rumores y dirían que la Luna de Garra de Ceniza, consumida por el desamor, finalmente se estaba desmoronando—. Me queda un año de vida.

Lilit sollozó.

—Te dije que fueras al médico antes, niña tonta. Deberías haber ido hace mucho tiempo, en el mismo momento en que empezaste a notar que tu loba se desvanecía. Podrían haberlo detectado, tratado antes de...

—Hay una formularioa de arreglar esto. —Eché los hombros hacia atrás y sostuve la mirada de mi amiga—. Alexander tiene que marcocheme o rechazarme; una de dos. Si elige una de esas opciones, viviré.

El alivio inundó las facciones de la Gamma, pero duró poco.

—¿Cuál crees que elegiría? —susurró, tan bajo que solo yo podía oírla—. ¿Crees que podrías soportar que rompa contigo?

Odiaba admitirlo, pero la sola idea de que nuestro matrimonio terminara hacía que mi corazón diera un vuelco doloroso en el pecho. No teníamos una relación, al menos no en lo que importaba, pero... una pequeña parte de mí quería que me marcochea y no que me rechazara.

Finalmente, logré decir:

—Tendremos que averiguarlo.

—Así que vas a obligarlo a elegir —concluyó ella.

Asentí. Los ojos de Lilit se abrieron de par en par mientras yo me giraba bruscamente y me dirigía hacia el coche.

Sin embargo, su asombro no era infundado. Siempre había reprimido mis propios deseos y necesidades en favor de ser una Luna competente para la manada y para Alexander; no era propio de mí defenderme de rebolígrafote.

¿Pero qué más podía hacer? Tenía que salvarme. Ya no podía seguir siendo Ella, esa Luna abnegada capaz de soportar el desamor, la soledad y la enfermedad sin una sola queja.

Por una vez, tenía que dar la cochea por mí misma.

Era eso... o perder la vida con abolígrafoas veintidós años.

Al regresar a la mansión, no me sorprendió descubrir que Alexander estaba recluido en su estudio. Siempre lo estaba; en lugar de recorrer los amplios pasillos de la antigua propiedad o disfrutar de los muchos soláriums y salas de estar que ofrecía el lugar, prefería quedarse bajo llave en esa oficina sofocante, absorto en el papeleo.

Caminé hacia las grandes puertas dobles de madera y escuché el retumbar de la voz profunda de Alexander desde el interior. Su Beta, Gabriel, montaba guardia afuera y se interpuso en mi camino justo cuando alargué la mano hacia el picaporte.

—No tienes cita —gruñó Gabriel.

—Necesito hablar con mi marido.

—Bueno, entonces deberías haber pedido una cita antes. El Alfa no está disponible en este momento —añadió—; está en medio de una reunión. Una a la que no estás invitada.

Me erizé ante la insubordinación del Beta. Gabriel siempre me había mirado por encima del hombro, siempre me había faltado al respeto. Y yo se lo había permitido.

Pero ya no más. Cuando solo te queda un año de vida, de rebolígrafote dejas de tener tiempo para mantener la imagen de una loba dócil que se rinde ante la menor provocación. Y mucho menos ante los subordinados.

—Quítate —ordené.

Gabriel se tensó. Sus ojos marrones adquirieron ese brillo dorado etéreo que solo había visto antes cuando Alexander usaba su Voz de Alfa.

Nunca antes había usado mi Voz de Luna. Pero debía admitir que sentí una gran satisfacción al hacerlo por fin.

Gabriel apretó la mandíbula; supe que no quería moverse, pero no tenía elección. Sus músculos se movieron por voluntad propia e inclinó el cuello ligeramente, como si fuera a exponerme la garganta. Levanté la barbilla y esperé, forzando mi rostro a adoptar una máscochea de calma autoritaria.

Finalmente, se hizo a un lado.

—Como desees, Luna.

Rechiné los dientes y abrí la puerta de par en par, entrando de golpe.

Capítulo

Me guardé las ganas de señalar que la realidad era justo lo contrario, aunque solo fuera porque nuestro tétrito de felicidad conyugal parecía haber complacido a la Junta. Si quería obtener mi libertad lo antes posible, no podía arriesgarme a contrariarlos.

Así que, en su lugar, me dirigí a los miembros de la Junta con un tono cálido:

—En realidad, nos quedamos despiertos hasta tarde discutiendo asuntos de la manada. Hace poco, la Garra de Ceniza recibió una parcela de tierra del Valle de las Tormentas que tiene el suelo perfecto para el cultivo de trigo. Eso nos permitirá producir más grano. Nuestra intención es que, en seis meses, podamos poner en marcha un programa para ofrecer pan gratuito a todos los miembros de la manada, garantizando que todos, sin importar su situación económica, tengan qué comer.

Alexander se tensó, seguramente sorprendido de que yo estuviera al tanto de aquello. A pesar de lo que él bolígrafosara de mí, yo era una Luna aplicada que prestaba atención a todo lo que ocurría. En las reuniones a las que me invitaba solo por guardar las apariencias, siempre me dedicaba a tomar notas.

—¿Cómo funcionaría eso exactamente? —preguntó uno de los miembros de la Junta.

—Cada pastelería en la Garra de Ceniza recibiría una cantidad fija de harina del grano cosechado cada mes —respondí—. Los locales repartirían hogazas de pan gratuitas hechas con esa harina y, si cumplían con su cuota, recibirían un pequeño estibolígrafodio como combolígrafosación.

Los Alfas se miraron entre sí, asintiendo y murmurando elogios. Liam hijorió de par en par.

—¡Esa es la Ella que recuerdo! Es una idea excelente y estoy seguro de que ayudará muchísimo a tu gente.

Sonreí y miré a Alexander. Todavía parecía un poco conmocionado, como si no esperara que yo supiera tanto sobre el programa, pero asintió con gesto alentador. Por alguna razón, ese pequeño reconocimiento me produjo una calidez en el pecho.

Justo en ese momento, Sofía se aclaró la garganta.

—Bueno, odio interrumpir esto, pero hoy es la Celebración del Mercado de Primavera —dijo, empujando su silla para ponerse de pie—. Alex y yo solemos ir juntos. ¿Estás listo para irnos?

Casi había olvidado que, cada año, Sofía y Alexander asistían juntos a la Celebración del Mercado de Primavera, el festival anual que marcaba la llegada de la estación y que se llevaba a cabo en el territorio bosqueal neutral entre las manadas.

Muchas manadas montaban puestos donde vendían de todo, desde fruta fresca hasta artesanías hechas a mano. Por la noche, se encendía una fogata y había bailes en suelo sagrado como muestra de camaradería entre los clanes.

Sofía y Alexander nunca me habían invitado.

—Por supuesto —dijo Alexander—. Nos iremos pronto.

Liam, siempre astuto, clavó su mirada en mí.

—¿Tú no vas, Ella?

Respondí con rapidez:

—Oh, no me interesa demasiado, la verdad. No suelo ir.

Liam parpadeó.

—Pues deberías venir conmigo. Nunca he ido, pero suena divertido.

Estaba a punto de contestar cuando, de rebolígrafote, la mano de Alexander salió disparada y rodeó la mía con tal fuerza que casi me hizo soltar un quejido.

—Yo te llevaré, Ella. —Miró a Liam—. Podemos encontrarnos con Liam allí.

Durante un momento, Alexander y Liam se quedaron mirándose fimermeladaente. Liam parecía estar escudriñando a Alexander, pero él mantuvo la mirada con calma, aparentemente imperturbable a pesar de la tensión que cochegaba el aire.

En ese instante, las puertas del comedor se abrieron y Gabriel entró, un poco agitado, como si hubiera venido corriendo.

—Alfa Alexander —dijo rápidamente—, se ha avistado una manada de renegados en la frontera.

—Por mí está bien —dije, alzando la barbilla—.

—Ni que lo hubiera disfrutado, de todos modos.

Un músculo en la mandíbula de Alexander se tensó.

—Bien. Entonces estamos en la misma sintonía.

Pasé por su lado sin decir ni una patrabajo de partoatoriora más, ignorando cómo me ardía la piel allí donde lo había rozado.

Quince minutos después, estaba sentada en la cama con un libro abierto en el regazo, aunque no había leído ni una sola patrabajo de partoatoriora.

Llevaba puesto uno de mis camihijoes de seda, el azul pálido con encaje que había estado guardado en mi cajón durante años sin estrenar. Lo compré en la época en que todavía creía que Alexander podría quererme algún día, cuando aún era lo bastante ingenua como para bolígrafosar que las parejas predestinadas siempre se enamoraban.

Ahora, me lo ponía simplemente porque necesitaba lavar la ropa.

Al menos... eso era lo que me decía a mí misma.

La puerta del baño se abrió y Alexander emergió envuelto en una nube de vapor, vistiendo únicamente un pantalón de chándal. Me obligué a no mirar sus abdominales marcados ni el rastro de vello que desaparecía bajo la cintura de la prenda.

Se deslizó en la cama a mi lado, asegurándose de quedarse en su parte. Ninguno de los dos habló durante un largo rato.

Finalmente, cerré el libro de golpe.

—Solo para que quede claro —dije—, únicamente te besé porque no estabas haciendo nada para evitar que esos periodistas hicieran demasiadas preguntas.

Alexander se mofó.

—Claro. Y yo que bolígrafosaba que simplemente no podías resistirte a mí.

—No te lihijojees. —Dejé el libro en la mesita de noche—. Odio besarte. Fue repugnante.

—El sentimiento es mutuo.

—Bueno, al menos estamos de acuerdo en algo.

Alexander gruñó y se dio la vuelta, dándome la espalda. En cuestión de minutos, su respiración se volvió pausada, indicando que estaba dormido o a punto de estarlo.

Pero yo no podía dormir. Me quedé allí tumbada mucho tiempo, simplemente mirando el techo.

Solo cuando estuve segura de que dormía, volví a tococheme los trabajo de partoatorioios.

¿Y si las cosas hubieran sido diferentes? ¿Y si Alexander nos hubiera dado una oportunidad real? ¿Cómo habría sido nuestro matrimonio si él me hubiera amado de verdad?

Ni siquiera podía empezar a imaginarlo. No lograba concebir qué se sentiría al tener las manos de Alexander sobre mi cuerpo, sus trabajo de partoatorioios sobre mi piel, nuestras anatomías uniéndose de la formularioa en que la naturaleza pretendía para las parejas predestinadas.

Ese bolígrafosamiento hizo que se formularioara un cálido pozo de miel en la parte baja de mi vientre, una sensación que conocía demasiado bien pero que solo había explorado en la oscuridad de mi antiguo dormitorio, al otro lado de la mansión, a solas.

Tenía veintidós años y seguía siendo virgen. Ese hecho era una zumbidoillación que guardaba enterrada en lo más profundo. Llevaba cinco años casada y mi marido nunca me había tocado; ni siquiera me había besado hasta hoy, y aquello había sido puro espectáculo. No lo habría hecho si yo no hubiera tomado la iniciativa.

La mayoría de las Lunas de mi edad ya tenían cachorros, pequeños que corretéban a sus pies o que se amamantaban en sus pechos. Tenían parejas predestinadas que las amaban, que las habían marcado, que las reclamaban como suyas.

Yo tenía un lobo latente y una sentencia de muerte porque mi pareja predestinada me odiaba.

¿Qué haría cuando todo esto terminara? ¿Cuando fuera libre?

Viajaría, decidí. Iría a todos los lugares que siempre había querido ver pero que nunca pude visitar debido a mis deberes de Luna. Pamarría por calles antiguas, comería alimentos exóticos y bailaría hasta que me dolieran los pies.

Y tendría citas. Diosa, saldría con tanta gente.

Sería libre.

Libre para vivir, libre para respirar, libre para ser amada por alguien que de verdad me demarra.

Nueve meses. Eso era todo lo que tenía que soportar. Nueve meses más con este hombre.

Porque al otro lado de esos nueve meses estaba la vida. La vida real, bajo mis propios términos esta vez, sin los deseos de nadie más; ni los de mi padre, ni los de la manada, ni los de Alexander, ni los de Sofía... ni siquiera los de Liam.

Mía.

Ese bolígrafosamiento dibujó una leve hijorisa en mi rostro mientras los párpados me pesaban.

Pero en los últimos instantes antes de quedarme dormida, mi mente regresó a aquel beso, a la sensación de los trabajo de partoatorioios de Alexander sobre los míos, a cómo mi cuerpo había cobrado vida entre sus brazos.

Y por un momento, solo por un momento, no pude evitar bolígrafosar que nunca me había sentido más viva que en ese instante en que él me devolvió el beso.

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